Política

Lo que diga mi dedito

diciembre 06, 2017

En las postrimerías de las campañas para la presidencia de la República del 2006, el candidato de la Coalición por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, fue objeto de una estrategia sistemática de desprestigio perfectamente orquestada por el gobierno de Vicente Fox, el candidato del PAN, Felipe Calderón; el sector empresarial a través del Consejo de la Comunicación. Voz de las Empresas, y una larga lista de periodistas, comunicadores y analistas de abierta o simulada filiación gubernamental –todo Televisa, Tele y Radio Fórmula, Milenio, TV Azteca– que fueron piezas fundamentales en amplificar los supuestos riesgos que implicaba la llegada del político tabasqueño a la presidencia. El contenido del mensaje fue simple, contundente y eficaz: "López Obrador, un peligro para México".

Independientemente de las torpezas y comportamiento más que sospechoso de la autoridad electoral –entonces encabezada por Luis Carlos Ugalde– que alentaron la presunción de un descarado fraude, los resultados oficiales arrojaron una diferencia porcentual de apenas 0.58 por ciento de los votos en favor de Felipe Calderón. El efecto de la campaña contra López Obrador nunca fue revertido por la movilización poselectoral, entonces centrada en la demanda de "voto por voto, casilla por casilla".

La clave estuvo en la fase previa al proceso electoral, pues cuando la guerra sucia arreciaba, nadie alrededor de Andrés Manuel fue capaz de articular un discurso coherente y mediáticamente convincente, utilizando las prerrogativas de ley, que hubiese intentado neutralizar y poner en evidencia la ilegalidad y los alcances perturbadores que el burdo mensaje tuvo en ciertos sectores de la sociedad mexicana, sabedores los publicistas –algunos de ellos, sin escrúpulos– de cómo es posible influir en la opinión pública.

Ni políticos de peso cercanos a López Obrador (Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo, Pablo Gómez); ni ex funcionarios identificados con su proyecto (Carlos Tello, David Ibarra, Ifigenia Martínez); ni intelectuales vinculados a su equipo de campaña (Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis (†), José María Pérez Gay (†)) salieron a la palestra utilizando inteligentemente los mismos recursos. En gran medida, esas elecciones las perdió López Obrador en los medios, aunado a su parálisis en materia de comunicación política.

De aquellos años a la fecha, el tono y el contenido del manejo de imagen del Peje por parte de sus adversarios no ha cambiado un ápice; menos aún en el momento en que se encuentra al frente de las preferencias electorales rumbo al 2018. Y si no, ahí estarán las agencias encuestadores para perfilar e inducir otro resultado entre la población. El ahora líder de Morena sigue siendo el desayuno, comida y cena de cuanto periodista de cualquier índole se le ocurre convertirlo en la "nota del día"; de tal forma que el manejo informativo siempre va acompañado de la editorialización banal, la comparación vulgar y la parodia de quienes se piensan instalados en la BBC de Londres o en el New York Times.

Da igual compararlo con Donald Trump o con Nicolás Maduro, cuando el argumento contra el populismo resulta políticamente más redituable que exponer los costos sociales de toda clase de reformas estructurales de inspiración neoliberal. Ni esta elemental distinción la logra hacer Andrés Manuel López Obrador, al parecer por inexplicable omisión. En este sentido, las tiras de El Fisgón resultan lo más cercano al ideario político de Morena.

Por tal razón hay que agregar, con justicia y con pena, que en la misma medida la réplica de López Obrador resulta limitada, monótona y exasperante. Su repertorio se reduce a expresiones planas, carentes de chiste e impacto: "lo que diga mi dedito"; "la mafia del poder"; "son unos paleros"; "es un complot"; "tranquilos, están muy nerviosos"; "reparten frijoles con gorgojo", acompañadas de un aletargado "eeeeh", entre frase y frase, y el autoconvencimiento de su honradez a toda prueba.

N o cabe duda, le elocuencia no es su virtud; como tampoco la de su círculo más cercano que sistemáticamente se abstiene de corregirle la plana, matizar sus posiciones y hablar por cuenta propia, cual remedo de priístas disciplinados. Esta mudez y tartamudez de quienes debiesen ser sus interlocutores en Morena, junto con el exceso de confianza, pueden llevar al traste, nuevamente, su perceptible ventaja en las preferencias electorales.

En el contexto nacional y local, la pobreza argumental se reproduce a escala, pues basta cotejar las declaraciones de López Obrador respecto de asuntos cruciales relacionados con el vínculo político con ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y su esposa, procesados por la desaparición de los 43 estudiantes normalistas; los señalamientos de corrupción a la ex candidata de Morena a la gubernatura del Estado de México, Delfina Gómez; o el presunto involucramiento con organizaciones criminales de Rigoberto Salgado, delegado de Tláhuac en la CDMX, con las frecuentes apariciones de café, convertido en despacho, del dirigente estatal Manuel Huerta, que en el mismo estilo, aturde con la simplificación de argumentos frente a escenarios restrictivos como el presunto financiamiento a Morena en el gobierno de Javier Duarte, y el caso de corrupción de la ex diputada Eva Cadena –ahora desaforada– a sabiendas de que se tiene enfrente a un gobernador como Miguel Ángel Yunes, experto en sótanos y patrañas políticas.

Y nada más alentador que recordar el fraseo simplón del próximo munícipe de Xalapa, Hipólito Rodríguez, cuando en un ridículo ejercicio de asociación de palabras, al escuchar el nombre del Peje responde, sin rubor, "un ídolo". Como si a estas alturas esto es lo que necesita el país de un político y de la sociedad: de caudillos e idólatras. Pareciera que Morena, en su breve existencia partidista, no se ha percatado que ha asumido funciones de gobierno ante las cuales tiene que rendir cuentas, sea por ineptitud o por corrupción, pues sus integrantes no se encuentran más allá de las contradicciones éticas y las exigencias operativas que entraña la política.

En otro plano, López Obrador carece de definiciones centrales y específicas respecto de los graves y profundos problemas nacionales. No porque Peña Nieto, Osorio Chong, Aurelio Nuño o José Antonio Meade las posean; como tampoco Margarita Zavala, Ricardo Anaya o Miguel Ángel Mancera. Precisamente por ello, extraña que Andrés Manuel no asuma el debate con seriedad y altura, ni ponga a discusión sus principales líneas estratégicas que aproximen una idea de la nación que quiere gobernar y transformar. No para satisfacción de alguien en particular, sino para aportar una pedagogía política a cada ciudadano promedio que él presume, con razón o sin ella, votará por él.

El modelo económico; la estrategia de seguridad; la política educativa; la desigualdad y la pobreza; y el combate a la corrupción son parte de una agenda misteriosa que la reserva no se sabe para cuándo. De igual forma, respecto del contexto internacional y la política exterior no se vislumbran posicionamientos claros que le aporten identidad en cualquier sentido. Los reconocimientos al proyecto bolivariano de Nicolás Maduro perpetrados por Martí Batres y Héctor Díaz Polanco resultan una combinación de obsolescencia y humor involuntario. ¿Qué decir de la cultura, la gran ausente en toda visión de política de estado y tan alejada del perfil intelectual de López Obrador?

Si en el 2018 el proyecto alternativo de López Obrador no se instala en la presidencia de la República; y aun haciéndolo no alcanza a responder a las expectativas que ha despertado en un amplio sector de la sociedad –ya no se diga con un perfil de izquierda, sino de meros ciudadanos esperanzados–, este México seguirá siendo el de la economía mediocre e improductiva, la violencia e inseguridad crecientes, la educación de bajo perfil, la normalización de la desigualdad, y el de la cultura con mucho pasado, pero sin futuro.