Política

Plurales

noviembre 13, 2017

De las diez matanzas que han conmovido al país en poco más de un siglo, cinco de ellas se realizaron sobre población indígena o de fuerte ascendencia indígena. Cananea, Sonora, en 1908. Obreros mineros huelguistas aliados con yaquis; Guerrero 1960, 20 estudiantes de extracción campesina indígena masacrados por el Ejército en Chilpancingo; Aguas Blancas, Guerrero, 1995; Acteal, Chiapas, 1997; Ayotzinapa, Guerrero, 2011, la policía mata con total impunidad a dos estudiantes normalistas, la consecuente protesta fue reprimida con profusión de heridos, detenidos y desaparecidos; Ayotzinapa, 2014, varios muertos, heridos y 43 desaparecidos de la escuela normal rural de Ayotzinapa, los estudiantes son de origen campesino mestizo. Dos más sobre población de extracción campesina en Tlatlaya, Edomex en 2014 y la de San Fernando, Tamaulipas cometida sobre migrantes centroamericanos por zetas. Cuando medios de prensa escrita y medios electrónicos de comunicación abordan la información sobre masacres de población inerme, el componente indígena suele diluirse a menos que las víctimas hayan pertenecido con claridad a un pueblo originario. En cualquier caso, lo sustantivo es que este país castiga la pobreza con olvido y si se es indígena la cosa empeora.

Por eso, la candidatura antisistémica de María de Jesús Patricio Martínez debe ser bienvenida y no regateársele la importancia. Es sustantiva para dar visibilidad y colocar en la agenda nacional los imperativos que tienen los pueblos originarios de este país.

El consejo Indígena de Gobierno está logrando con su propia lógica y sentido del tiempo colocar en la cacofonía criollo-mestiza de la agenda nacional su discurso y finalidades, lo que ilustra el camino, que no necesariamente tiene que ser seguido pero sí escuchado, respetado y considerado a la hora de diseñar políticas y tomar decisiones. Despreciar la agenda indígena es equivale a negar a uno mismo. Urge esta discusión en forma pública, sin regateos, mezquindades y prejuicios.