Política

Pensar desde Hoy

noviembre 09, 2017

«Parresía» o la voluntad de verdad

Se dice con frecuencia que la «verdad» está atravesada por el poder y la agonística de los deseos personales; que no es intemporal, ni objetiva, ni imparcial y que no vive fuera de la historia. Sobre todo a partir del s. XX, la filosofía lo ha dicho desde todos los frentes posibles: ahora desde el análisis crítico de los discursos de la ciencia, la religión o el mesianismo, o, incluso, desde la creciente desconfianza social ante los estamentos políticos y el valor incuestionable de las normas de convivencia, por lo general, naturalizadas como verdades a través de procesos crónicos de imposición. Al interior y por fuera de la propia filosofía, se tiende pues a aceptar con relativa calma que la tiranía de lo «verdadero» para unos puede ser deconstruida por la voluntad de lucha de los otros.

Sin que deje ser enteramente nuestro, este panorama no fue, sin embargo, ajeno a los antiguos. En la Grecia clásica, cuando la primera democracia se había instaurado en Atenas, los sofistas hablaron de la verdad como una especie de dispositivo útil, encargado al mismo tiempo de legitimar a unos y deslegitimar a otros; como algo que tenía más que ver con el estatus económico, las habilidades retóricas y la posición política, que con la pureza de la intelección y la vida contemplativa de la que hablaban los filósofos. Poco más tarde, durante el helenismo, escuelas de pensamiento como el cinismo o el escepticismo se dedicaron a crear estrategias por fuera del discurso intelectual que a modo de dardos, picaban y ponían en entredicho las «verdades», no con el fin de proponer un nuevo conjunto de saberes novedosos que pudieran reemplazar a los antiguos, sino exclusivamente para poner en tela juicio el carácter neutro, natural, perenne, de todos los discursos que no temían proclamarse verdaderos. Inclusive, una de las formas más interesantes de interpretar el legado filosófico en materia de «verdad» de un personaje tan conocido como Sócrates, es a través de la noción de «parresía»: voluntad de franqueza, libertad de palabra, vocación de honestidad para/con/respecto a uno mismo y en perpetua relación con los otros. Si bien, la parresía formaba parte de los pilares legislativos en Grecia, adquiere con Sócrates una nueva dimensión ética dirigida por la voluntad simultánea de compartir la palabra a través del diálogo.

Decir la «verdad» entonces, no significaba describir correcta, objetivamente, esta cosa o aquella; estar amparado por esta o aquella legislación. No era, como diríamos ahora, un asunto ni de ontología ni de episteme. Por el contrario, para que alguien pudiera ser considerado un «parresiastés» (alguien que dice la verdad) tenía que ser sujeto a un profundo autoexamen en el que, de principio, lo que se evaluaba era su disposición a poner a prueba hasta el aspecto más inocuo de sus creencias como lo harían dos guerreros en un campo de batalla. Sólo así era posible acceder al pacto implícito del diálogo que no es otro si no el de ser capaz de renunciar a la propia perspectiva en aras de la lucha, la deliberación, y eventualmente, el consenso. Paralelamente, los juegos parresiásticos de la libertad dentro del diálogo, no sólo pedían de los dialogantes que estuvieran dispuestos a poner en peligro sus creencias, sino también sus privilegios, su seguridad personal y en ocasiones, su vida. De nada sirve, pensarían Sócrates o los cínicos, hablar con franqueza sobre las injusticias políticas si nuestra voz no se dirige específicamente hacia aquellos que las alimentan, si en vez de hablar con los adversarios de nuestras verdades, hablamos sólo con aquellos que las congratulan. En otras palabras, toda parresía debía implicar un riesgo: si no había riesgo, la verdad, pese a ser verdadera, se volvía irrelevante.

Así, al hacer de la verdad una vocación y una forma del temple, una disposición ética y política, y, en suma, un asunto del valor, los antiguos nos proporcionaron un camino no necesariamente teórico, para hacer patente su vigencia. Porque la verdad que surge de la parresía no requiere de criterios eternos ni de criterios unánimes, sino que, por el contrario, está hecha para vivir en el agón de lo cambiante y de efímero. Y esto es fundamental para nosotros, escuchas lejanos de esos tiempos: ser capaces de asumir la voluntad de franqueza, aun cuando -como ahora- no sepamos nada.

El Instituto de Filosofía UV invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com