Política

Cierre peligroso

noviembre 05, 2017

Enfilado hacia el fin de su administración, el presidente Peña Nieto ha logrado distinguirse del amplio grupo de gobernantes mexicanos anteriores. Nunca en la historia del país y de una sociedad poco participativa en los asuntos de interés público, un presidente ha llegado al final de su tiempo de gobierno con valoraciones tan bajas tanto sobre su gestión como de su persona. Esto incluye a Díaz Ordaz, luego de la masacre de Tlatelolco y a Ernesto Zedillo y la crisis económica monumental en la que introdujo al país apenas iniciado su sexenio como emergente. Diversas encuestas apuntan a que alrededor de 75 por ciento de la población le reprueba. Desde luego, los variados escándalos de corrupción que lo involucran y la explosión de gobiernos corruptos que han florecido en sus años de dirección contribuyen decididamente a tal valoración. De la casa blanca de Las Lomas al evidente ocultamiento de la verdad sobre los acontecimientos de Ayotzinapa, pasando por el plagio de párrafos completos de su tesis de licenciatura.

El presidente es claramente impopular y el sistema de gobierno basado en complicidades patrimonialistas está en tal crisis de suficiencia que no parece ser capaz ya de manipular los miedos para hacer creer al elector tímido. El enojo es generalizado.

Si nos atenemos a los casos de Javier Duarte, Yarrington, Rodrigo Medina, los Moreira o Manuel Velasco, el nuevo PRI está decididamente empeñado en la transferencia de la riqueza a sus bolsillos sin muchas consideraciones por su hundimiento o la exhibición de un sistema de reproducción política simulado basado en la apropiación privada de los recursos públicos.

A todo esto se suma la ríspida relación del gobierno federal con los organismos internacionales de derechos humanos. La crisis de derechos humanos es absoluta como todos los días lo demuestran la saña de los asesinatos, la indefensión de la sociedad y las evidentes limitaciones, omisiones o francas mentiras de las autoridades del sistema de justicia. Si algo faltara, el gobierno federal ha tenido un patético, por sumiso, desempeño frente a la hostilidad del gobierno de Estados Unidos.

La debilidad política del presidente Peña Nieto obedece a la convergencia de varias crisis que propician crisis mayores y multidimensionales. El cierre de gobierno es y será complicado, con ventanas para el deterioro francamente peligrosas. La actitud ciudadana deberá definirse por la atención, la prudencia y una mayor capacidad de influir en el espacio público, además del voto.