Política

La otra isla

octubre 25, 2017

En el relato importan lo mismo las cosas grandes que las pequeñas. Bajo las palabras que narran los hechos que son la historia visible corre, caudaloso río subterráneo, otra historia. Hacer confluir ambas en el relato y volverlas visibles es confirmar una de las tesis de Ricardo Piglia: una historia siempre narra dos historias.

Con la soltura que le da un oficio largamente ejercido, Rubén Cortés (Pinar del Río, Cuba, 1964) ha logrado en Los nómadas de la noche (Cuba después de Castro) editado por Cal y Arena, contar una historia personal, reportear lo mismo en los datos duros que en sus recuerdos y en la memoria familiar y colectiva para lograr, de un plumazo, un testimonio nutrido de esa memoria colectiva y personal. "… sé que lo único imperdonable es el olvido y que el pasado no es propiedad de nadie" señala Cortés. Al inicio del texto ha dicho ya: "No quiero que la muerte de Fidel Castro me desdibuje los recuerdos". Y los recuerdos son acuciantes. Y las dos historias están ahí, presentes.

A cuatro generaciones de cubanos: abuelos, padres, hijos, nietos, "el gobierno de Fidel Castro" les señaló el dónde, el cómo, el cuándo, el qué; les fijó límites a la comida "…dos kilos de arroz por mes, medio de chicharos, medio de frijoles…" y de higiene: "una barra de jabón por persona y un tubo de dentífrico por familia cada tres meses". No me sorprende lo dicho por Cortés. Hace muchos años una religiosa cubana, jovial en su trato y alegre la voz cuando cantaba o tocaba al piano piezas de Ernesto Lecuona, le contó a mi madre la manera en que había sido despojada de un abrigo apenas puso un pie en La Habana; de la libreta de racionamiento, del horror que Castro implantó para obligar "…a los cubanos a donarle el tiempo, las manos, los ojos, los labios, las piernas, el corazón y el silencio" señala Cortés; de privarlos "…de no poder escoger ni siquiera su propia infelicidad", ese íntimo derecho de los felices, el escoger su infelicidad, derecho que en el extremo de su delirio niegan los totalitarismos.

Lo que logra Cortés en Los nómadas de la noche es dejar en claro, una vez más por si acaso falta hiciera, que por debajo de los atardeceres en el malecón de La Habana, en los intersticios de sus playas y en el verde caribe de sus aguas anidaba la más honda negación de los derechos elementales; que por debajo de la isla fiestera, rumbosa, musical y colorida, había o acaso haya todavía otra isla que si bien es cierto ahora es más visible, no por ello es menos lamentable saber que hubo, bajo la supuesta o real alegría cubana de la que Tres Patines, el Juez, Nananina o Rulecindo Caldeiro y Escobiña –este último un español asimilado a la isla– fueron gracias a la radio un estereotipo memorable cuyos humor sigue vigente; los habitantes de un gulag tropical en donde antes de ser relanzado a la fama, Ibrahim Ferrer lustraba zapatos o Celia Cruz recorría el mundo cantando y diciendo ¡Azúúúúúcaaarrrr!, impedida de volver a su país natal lo mismo que Bebo Valdés "enterrado en la fría Estocolmo". Un país en que los poetas callaron, del que los músicos se exiliaron y donde nada podía existir si no era para loar los méritos de una revolución y cantar las glorias del hombre nuevo.

En Los nómadas de la noche, con Los nómadas de la noche, Rubén Cortés ha construido un reportaje, un recuerdo, un ensayo personal, una cavilación amorosa que impedirá el desdibujamiento de los recuerdos de los habitantes de esa "una noche interminable" dirá Cortés a los postres de este libro al que la portada preparada por Maricarmen Miranda Diosdado otorga una adicional belleza sepiada por la que un nómada camina y su sombra, nómada también, camina junto a él como caminan los fantasmas. (Rubén Cortés, Los nómadas de la noche (Cuba después de Castro), Cal y Arena, México, 2017, 87 pp.)