Política

ECP*

septiembre 22, 2017

Septiembre es un mes con mal fario. En el siglo XVII se incendió Londres; el 11 de septiembre de 1973 fue el golpe de Estado en Chile; el mismo día pero del 2001 fue el peor ataque terrorista –probablemente de Estado– contra las Torres Gemelas en Nueva York; el 21 de septiembre de 2009 el golpe de Estado en Honduras; el 19 de septiembre de 1985 y de 2017 los temblores que golpearon sin misericordia a la Ciudad de México.

De nueva cuenta, los habitantes de la ciudad, los ciudadanos, tomaron el espacio y se apropiaron de la toma de decisiones. En la manifestación más pura del anarquismo mandaron al carajo a las autoridades –empecinadas en desalentarlos– de las tareas de búsqueda y rescate para meter de botepronto trascabos y camiones de volteo y remover escombros antes de asegurarse de que no hubiera sobrevivientes atrapados. Como entonces, hace más de 30 años, las autoridades quedaron al margen de las decisiones de vida porque la ciudadanía decidió que las autoridades eran innecesarias y que si querían ayudar que lo hicieran, pero que no mandaran. Bien por eso.

Como entonces, se habla ahora de la magnífica solidaridad y empatía del pueblo mexicano o, más precisamente, de los habitantes de la ciudad, esa a la que en otros tiempos le reclamó Efraín Huerta.

Es espléndido saber a sus habitantes volcados con enjundia en mitigar lo que se pueda, desde la extracción de sobrevivientes, hasta la logística del sándwich y el agua embotellada. Como hace 32 años.

Pero es equivocado pensar o creer que ésta es la verdadera cara de México. No, no lo es. Es la cara natural de lo humano, de la empatía de la especie que se sobrepone y manda al carajo a la machacona ideología de la competitividad y la eficiencia.

No, no es sólo la cara de México. Y los mexicanos tampoco somos una sociedad ejemplar o, por lo menos, de sentimientos ejemplares. Es también la cara de Haití, al paso de huracán Matthew el año pasado, o después del terremoto hace siete años.

Es la cara de los mineros de Chile trabajando neciamente para rescatar a 33 compañeros atrapados en la mina de San José antes de que siquiera se sospechara que pudieran estar vivos. Es la cara de y la necedad de los habitantes de Londres durante los ataques aéreos nazis entre 1940 y 1941, el Blitz. Es el pueblo de Houston después de Harvey, y los habitantes de Nuevo Orleans después de Katrina haciendo largas colas con sus botes en remolque para ayudar a los damnificados.

Es la cara de los tailandeses salvando personas y recatando cuerpos después del tsunami de 2004. Es Nueva.

Es lo humano.

Lo que hace singular a la Ciudad de México no es tanto su solidaridad como su anarquismo, su completa falta de necesidad de que autoridades la organicen y su capacidad para poner a esas autoridades en su lugar; es decir, a su servicio.

Quizá es eso lo que explica que los ciudadanos hayan largado al PRI y al PAN del gobierno desde hace dos décadas y que el PRD haya perdido por completo sus simpatías con los ciudadanos. Quizá sea por eso el total dominio de Morena.

Es un despropósito decir que eso es México. Es una empatía y solidaridad humanas, universales.

Lo significativo es que la Ciudad de México ha largado a los partidos políticos amafiados y simpatiza mayoritariamente por el único partido antisistémico, Morena.

La autocomplacencia de decir que eso es México es casi como celebrar a las mujeres el día de las mujeres y a las madres el Día de las Madres. Cuando a madres y mujeres hay que reconocerlas, respetarlas y celebrarlas todos los días del maldito año. Patricio dixit.

*Es Cosa Pública

leopoldogavitonanson@gmail.com