Política

Pensar desde Hoy

septiembre 21, 2017

Instituto de Filosofía Universidad Veracruzana

En esta actualidad, donde las altas esferas del poder, medios de comunicación y hegemonías pretenden que aceptemos como evidentes cosas sobre las cuales sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas, la filosofía, como afirma Aldous Huxley en su Nueva visita a un mundo feliz, nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes. Así, Pensar desde Hoy surge como una provocación a romper con cierta comodidad del pensamiento y conformar un punto de encuentro y comunicación entre la sociedad y la filosofía, para hacer de este espacio un momento de cuestionamiento, reflexión y proposición en la postura propia ante el quehacer colectivo. Desde la filosofía como una actitud cotidiana en la antigua Grecia, hasta la conformación de un nuevo (des)orden mundial, Pensar desde Hoy se bate sobre dimensiones cardinales de la experiencia humana, en un son de hurgar en el sentido de la vida bajo la mirada filosófica de los integrantes del Instituto de Filosofía y de la comunidad filosófica de la Universidad Veracruzana.

El Instituto de Filosofía invita a seguir la columna Pensar desde Hoy cada jueves durante este próximo año y retroalimentar el diálogo enviando sus reflexiones al correo pensardesdehoy@gmail.com

Filosofía como libertad y resistencia

Que la filosofía puede ser entendida como un «ejercicio» encaminado al conocimiento y la transformación de sí, es algo que ahora, en nuestro tiempo, nos parece muy lejano a la formalidad requerida por las tesis y antítesis y muy cercano a las formulaciones no siempre afortunadas de las corrientes new age y de las sectas pseudointelectuales que lucran con el deseo implacablemente humano por conseguir una vida que valga pena vivirse. Sin embargo, aunque en muchas ocasiones el reclamo es dicho con justeza, no es en sí mismo novedoso. En los tiempos posteriores a las invasiones macedónicas en Grecia comenzaron a proliferar una serie de escuelas filosóficas (las llamadas «escuelas helenísticas») cuya tendencia a la propaganda y el sectarismo les valió muchos años de exclusión en los textos de historia de la filosofía que en general reglamentan la enseñanza universitaria.

Carentes de ciudadanía, hijos del esclavismo, migrantes o exiliados de su patria, los personajes fundacionales de estas escuelas entendieron la filosofía como un ejercicio del cuerpo, del ánimo, de la voluntad y la palabra que habría de divulgarse en todos los estratos y a condición de lo que fuera; un quehacer que otorgara libertad al que de facto la carece y proporcionara autodominio a quien se encuentra de constante dominado. La entendieron, además, como un ejercicio de resistencia frente a la adversidad de un mundo sujeto a los caprichos de la tiranía en el que el saber filosófico (como ahora) oscilaba pendularmente entre la inutilidad y el elitismo, sin llegar nunca a realizarse en lo que consideraron su único propósito: la transformación y la creación de sí, la transformación del mundo y nuestro trato con el mundo; la transformación de la vida y la consecución de lo que vale la pena ser vivido.

Diógenes, por ejemplo, quien pasara a la historia como jefe de la manada cínica, iba a todos lados vestido como vagabundo, comiendo despreocupado mientras los grandes oradores proferían sus discursos en la plaza pública y, en fin, desdeñando a punta de sátira cualquier forma de autoridad que desde un pódium imaginario pretendiera administrarle la existencia. Su extravagancia, que le diera el título de Sócrates enloquecido, no parece sin embargo responder a un mero espíritu de contestación rebelde ni parece tampoco carecer de sentido e importancia en términos de filosofía. Todo lo contrario, miradas con atención, las anécdotas que sobre su vida ha llegado hasta nosotros, tienen como fin hacernos patente la importancia de atender a la filosofía desde un contexto vital, completamente performático, en el que no valen nada o valen muy poco los cúmulos de saber adquirido, el prestigio social o la grandilocuencia de las teorías. Lo mismo ocurre cuando pensamos en la vida de Pirrón, quien muchos años luego de morir fuera reivindicado como fundador del escepticismo. Pirrón no escribió nada y no lo hizo al parecer por un cierto desprecio a la permanencia de las inscripciones y por un recelo casi instintivo a la institucionalización del pensamiento. Se le veía en cualquier sitio hablando solo, lavando cerdos en el mercado (como sólo correspondía a las mujeres y la servidumbre), perseguido a veces por perros y cayendo en barrancos a causa de su demente imperturbabilidad de espíritu. Pero igual que ocurre con Diógenes, la actitud con que Pirrón fuera a la postre retratado y que sólo con dificultad podría ser en nuestros días considerada filosófica, tiene como misión el mantenernos siempre prevenidos contra la arrogancia e inutilidad de todo aquello que aún en nuestros días la filosofía representa: un montón de ideas herméticas arropadas por las nubes de un olimpo inalcanzable.