Política

Entre Columnas

septiembre 13, 2017

Desigualdad, pobreza y corrupción

México es un país de muchos pobres y pocos muy ricos,

de un clase media pequeña y bajo asedio,

de una economía de mercado que no

crea empleo sino mucha desigualdad

y de un sistema político, administrativo y jurídico

que tolera muy altos niveles de corrupción

y muy bajos niveles de eficacia.

Lorenzo Meyer

Los fenómenos naturales que azotan nuestro país evidencian que, aun siendo sufridos por todos, los más directamente afectados siempre son los que menos tienen.

Las condiciones de precariedad en la edificación de las viviendas, de inadecuadas o inexistentes obras de urbanización o ausencia de servicios públicos básicos, la corrupción e impunidad en la deficiente ejecución de las obras públicas, la indolencia, omisión o complicidad de los actores públicos para garantizar mejores condiciones de ubicación y equipamiento, han favorecido la fragilidad de amplísimos sectores sociales para enfrentar en mejores condiciones las contingencias naturales.

La vida nacional se debate en medio de la desigualdad, de una oprobiosa desigualdad creciente que según la Cepal radica en que el 10 % de las familias de México, es dueña del 80% de los activos financieros de todo el país. Los rasgos de la pobreza se acentúan y flagelan a millones, mientras se perpetra un modelo económico y de gobierno que por años ha demostrado su absoluta desvergüenza para con las mayorías.

Desde la revolución conservadora, hemos visto el debilitamiento del Estado bajo la premisa de la distribución de los beneficios a partir de una gestión económica que requería libertad de los mercados sin cortapisas, es decir sin Estado, que aseguraba que en medio de la abundancia que se generaría, la desigualdad seria olvidada.

Por supuesto que el planteamiento falló, ya que a contramano de lo prometido, la realidad promueve la concentración y asegura la expoliación. El modelo ha posibilitado un mayor deterioro planetario y la profundización de una justificada desconfianza y desencanto de los sistemas democráticos que no atinan, no pueden o simplemente no quieren generar las acciones que equilibren los resultados de urgente atención.

La desigualdad en México es siempre discursivamente un reto, obligada referencia del diagnóstico y de los pendientes por superar, de los que se cumple casi nada. Es una contradicción asumida, un daño colateral del juego perverso que catapulta los sistemas clientelares, juego en el que se vacía de contenido la democracia puesta al servicio del poder, beneficiaria de la desigualdad y sus perversos efectos sobre la ciudadanía, trocándola en rehén de sus anhelos personales.

Pobreza y desigualdad, acompañadas de ineficiencia, desdén, contubernio y corrupción son el engranaje perfecto para la muerte, como las ocurridas en Xalapa, derivadas del impacto del huracán Katia, prevenibles pero consentidas por el ayuntamiento xalapeño y sus áreas responsables, siendo omisos o complacientes ante asentamientos humanos irregulares o ilegales que no son sancionadas por incumplir la norma, siendo el área de desarrollo urbano la Dirección responsable, convertida en un nicho de opacidad que actúa o no actúa según convenga.

Xalapa es una ciudad que sufre los malos manejos en sus quehaceres urbanísticos, funcionarios municipales que, escudados en las dificultades de personal o en la carencia de recursos, operan fuera de norma sin recato alguno, cubiertos por la impunidad y el cinismo, convirtiendo a la capital del estado en rehén de sus ambiciones particulares.

La bitácora de la tía Queta

México es el último de los países de la OCDE con acceso a la Universidad, otra medalla de la vergüenza.