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septiembre 05, 2017

En el último año de la administración federal rebosan los agravios endilgados a los gobernados. Improbable endoso que es posible de hacer en México porque quienes han pasado –o permanecido– en la esfera de la toma de decisiones sustantivas, han contado con la complicidad de la mayoría de los actores políticos, partidos y organizaciones de la llamada oposición que es totalmente funcional para las exigencias del sistema de apropiación privada de los bienes y dineros públicos. Sistema que es resultado no sólo de la desfiguración de los acuerdos, las reglas del juego y de las instituciones, sino por la intencionada expansión y reedición de relaciones de complicidad explícitamente creadas para eso, para transmutar lo que es público en patrimonio privado.

En el presente sexenio federal la apropiación de lo público para fines privados y personales ha alcanzado escalas agobiantes. No sólo por el reportaje que en 2013 publicó la revista ¡Hola! en torno a la casa de Angélica Rivera y su esposo en Las Lomas, muestra palmaria de su inconciencia y falta de empatía, sino por la profusa secuela de escándalos patrimonialistas ventilados en esta administración federal. El de Javier Duarte, para no esforzarse en ir más lejos. O la reciente nota de la inusual coincidencia de 16 autos Ferrari avecindados todos en una colonia de interés social medio en Xochitepec, uno de ellos perteneciente al procurador general de la república. 16 autos deportivos de lujo cuyo costo equivale al que suman 126 viviendas donde están oficialmente avecindados.

En su discurso con motivo de la entrega de las cuentas del gobierno en el último año, el presidente puso especial énfasis en atemperar el rechazo a su administración agitando el monigote de un indefinido "regreso al pasado", pero que es una clara y preocupada alusión al crecimiento por las simpatías hacia el candidato de Morena.

Es inocultable la preocupación del sistema, no sólo del gobierno, por la suma de individuos muy descontentos con la mayoría de los gobiernos de la República, no únicamente el federal, y las prioridades que ellos mismos han hecho públicas. No sólo es la evidente existencia del descontento, sino sus contenidos, intensidad, y permanencia.

Sin embargo y pese a ello, parecen permanecer, en una proporción significativa del electorado, prejuicios y juicios deformados por la desinformación y la propaganda en torno a la oposición más grande, fuerte y organizada del país, lo que permite la construcción de una base que posibilite el fraude. Éste y la manipulación del sentido del voto son posibles por una amplia despolitización desinformada. Para eso sirven los fantoches y las mentiras.

Si los gobernados han sido engañados, robados y manipulados, ello obedece a la necesaria combinación de dos factores: el que miente y manipula con el que se deja engañar y manipular. Dicho de otro modo, el fraude electoral es posible sólo cuando la sociedad lo permite. La abulia, el analfabetismo y la desinformación abonan en la probabilidad de fraude.

Por eso cuando Enrique Peña Nieto agita el fantoche de la vuelta al pasado, debe exigírsele que describa con precisión al pasado al que se refiere. Porque hay un pasado de desarrollo, de generación de bienestar, de crecimiento geométrico de la clase media, no de los pobres, de construcción de escuelas y universidades de sistemas de salud pública eficientes, de educación de calidad. Que explique el presidente porqué desaconseja regresar a eso. ¿Sólo por ser el pasado?

Ya en ésas, será un buen gesto del actual gobierno veracruzano explicar a la sociedad las razones por las que este gobierno mantiene fuera del escrutinio público los expedientes de ocho ex colaboradores de Javier Duarte de Ochoa que han sido amonestados.