Cultura

La ráfaga y la diablura

agosto 06, 2017

El 30 de marzo de 1965, luego de dos meses de no ver "al amigo" Jorge Luis Borges llega a Mar del Plata "en el tren de las 19:40". En la estación lo esperan Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Pasará con los Bioy-Ocampo tres días. Volverá a Buenos Aires en el tren de las 17:50 del primero de abril y se volverá a encontrar con Adolfo y Silvina el 13 de ese mismo mes en la casa que el matrimonio tiene en Buenos Aires.

En los escasos tres días que pasará en Mar del Plata Borges platicará con sus anfitriones que "escribió milongas para que Astor Piazzolla les ponga música y Edmundo Rivero las cante". Tres años después, aunque Borges le haya dicho a Bioy durante esos tres días del año 1965 en Mar del Plata que "Piazzolla no sabe leer los versos…", se edita el disco que contiene las Cuatro canciones porteñas con letra de Borges y música de Astor Piazzolla.

Se trata del vinilo que reúne un tango "Alguien le dice al tango" y tres milongas "Jacinto Chiclana, El títere y A don Nicanor Paredes". Y en el lado B, la "Suite para recitante, canto y doce instrumentos", basada en el cuento "Hombre de la esquina rosada" y a cuyas diversas ediciones se agrega la voz de Luis Medina Castro con el poema "El Tango".

¿Interesó a Borges la posibilidad de que su poesía, en especial la que luego se agrupará en Para las seis cuerdas fuera musicalizada? Es muy probable que sí aunque la relación con Piazzolla no terminó nada bien. ¿Dos genios colisionando? Es probable que sí y es probable también que en tanto genios la empatía haya sido momentánea en el marco de la "calurosa tarde febrero" en que "por intermedio de Félix Della Paolera, se encontraron en la confitería Saint James". Es en esa reunión donde Piazzolla comenta con Borges que "desde tiempo atrás albergaba la idea de musicalizar sus poemas".

La mañana siguiente Borges entregó la milonga "Jacinto Chiclana" y apenas un día después "A don Nicanor Paredes". En 1983, en el Epílogo a sus Milongas, Borges recordaba que 20 años antes, acaso un poco más, se había cruzado por "azar (salvo que no hay azar)" con el músico Carlos Guastavino "en una esquina de la calle Florida". En ese encuentro, Guastavino le pedirá a Borges una milonga a la que "él pondría música".

Tiempo después, mientras Borges recorre "las galerías de la Biblioteca Nacional (que sigo extrañando) sentí que algo iba a suceder. Ese algo fue la milonga de Jacinto Chiclana. No sé si la escribí o si la escribieron los muertos que andan por mi sangre. Casi puedo afirmar que se escribió sola. Di con la tranquila entonación y con el tranquilo vocabulario de la primera copla…" [Me acuerdo. Fue en Balvanera/En una noche lejana/Que alguien dejó caer el nombre/De un tal Jacinto Chiclana]… ": lo demás ya estaba hecho".

La milonga terminó en manos de Piazzolla y no en las de Guastavino, aunque Borges le dirá en su momento a Bioy que hubiera preferido a Guastavino o en su caso a Julio De Caro, cuya tarjeta llevaba en la cartera.

Borges tuvo un nuevo desencuentro con Piazzolla en ocasión del cartelón preparado para una función teatral. Al volver de Montevideo Borges advierte que "mi nombre ha sido utilizado en carteles callejeros…De esos carteles puede inferirse que yo participo personalmente en el espectáculo, hecho que, aunque increíble, niego".

Aunque molesto con Piazzolla de quien decía tuvo que explicarle los octosílabos y la función de la sinalefa, Borges aprobó las versiones que el cantor Edmundo Rivero hizo de las milongas en tanto reconocía que éste sentía "lo criollo" y sentir, Borges lo sabía por el propio Rivero, no era nada más interpretar las letras que hablaban de Nicanor Paredes, Jacinto Chiclana o Manuel Flores; sentir era habitar "el corazón del Sur".

Fuera de Manuel Flores –dice Borges— "los héroes de mis coplas fueron hombres de carne y hueso que cumplieron su duro destino, allá por las orillas de Lomas o de Palermo". Por caminos diferentes lo mismo Borges que Rivero sabían de esas historias de esquinas, cuchillos y malevos; por eso, ambos sentían lo criollo.

Durante muchos años se creyó que cuatro conferencias sobre el tango que hacia mediados de los años sesenta imparte Borges eran irrecuperables. Desde 2016 Lumen las editó y hace unas semanas han llegado a México. Las conferencias permiten contextualizar de manera somera la ráfaga y la diablura que en los tangos de Arolas y de Greco, Borges intuye a través de la voz del poeta Evaristo Carriego. Conocer a Carriego y su poesía permitirá a Borges adentrarse en las vastedades de ese universo y llegar a las conferencias de 1965 que ahora edita Lumen, libro que por sí mismo merece reseña aparte.

Las conferencias sobre el tango en años sesenta y las milongas que Borges escribe en esa década son el cierre de un ciclo abierto con Fervor de Buenos Aires en 1923. Mientras ese ciclo se cierra ha tenido tiempo de crear varias obras maestras de la literatura latinoamericana. Los muertos que sentía correr en su sangre –ya se ve— gozaron siempre de cabal salud n