Política

El gran socavón

julio 18, 2017

Hemos entrado a la fase pre-electoral de nuestra democracia presidencial. Todo lo que se plantea y se discute tiene que ver con la gran decisión que habremos de tomar en las urnas un cierto domingo de julio de 2018.

Las cuentas que para entonces rinda el gobierno del Presidente Peña Nieto no sólo tendrán que ver con el éxito mayor o menor que haya cosechado para las reformas que lanzó, sino también con el grado en que esos resultados sirvan para favorecer el plan de gobierno que desde el primer momento del nuevo sexenio habrá de poner en marcha.

La funesta herencia de la extendida corrupción y los esfuerzos por erradicarla estarán en primera línea de atención. La gran jugada del programa nacional anticorrupción que todavía a última hora se intenta armar atrae la atención nacional igual que la internacional. La pésima imagen que proyecta México en materia de seguridad es asunto grave para el inversionista extranjero que tiene que hacer sus cuentas sobre el costo que representa antes de decidirse por México. La inseguridad se suma a la lista de negativos. Lo único positivo que puede contrarrestar este pasivo es la cercanía que tenemos al mercado norteamericano y nuestros bajos salarios, que todavía prevalecen.

Estos dos factores positivos son los que nos mantienen vigentes en la competencia al lado de docenas de países que también quieren acceder a los grandes mercados mundiales o incluso crear nuevos áreas comerciales de insospechables dimensiones.

Las numerosas reuniones que se están sucediendo, una tras otra, en diversos lugares del mundo, ora en Tokio, ora en Bruselas, ora en San Francisco, ora en Bangalore y en tantos otros, preparando acuerdos regionales, ajustando o ampliando los existentes, demuestran la velocidad con que están cambiando los escenarios comerciales, financieros y técnicos en que México tiene que moverse para no perder siquiera las posiciones ganadas. China, por ejemplo, está lista para seguir arrebatándonos nuestras posiciones arduamente conquistadas en el mercado de Estados Unidos.

Los últimos encuentros de los miembros del G20, del que somos miembros, difunden decisiones que están cambiando la dinámica geopolítica mundial donde no podemos actuar lastrados de las siniestras ataduras de la corrupción, violencia e impunidad que baldan la capacidad competitiva de nuestro país.

No es lógico que las reformas estructurales que fueron los iconos de la administración de Peña Nieto, los incansables esfuerzos de la sociedad civil, las iniciativas de los empresarios, el aguante del sector obrero y las esperanzas de las familias mexicanas, estén hondamente sumergidos en el gran socavón de corrupciones, violencias e impunidades que nadie ignora.

El deterioro nacional a que hemos llegado no se solucionará con pretextos sacados de la manga como estamos viendo en estos días en la tragedia del camino a Cuernavaca. No nos redime el que panoramas internacionales que nos son muy familiares ahora estén saturados de inesperadas contradicciones e increíbles desaciertos, engaños de políticos a electores, mega fraudes comerciales y financieras combinados con de enlodadas acusaciones.

Nuestro caso es muy nuestro. Resolver la corrupción, impunidad y violencias no depende de otros. Los que aquí, entre nosotros, siguen traicionando la confianza del pueblo desde sus puestos públicos o desde el poder del dinero de cuestionable origen están frenando el desarrollo colectivo nacional. Su castigo debe estar catalogado como grave para efectos penales.

Ahora nos acercamos, semana a semana, a la fase crítica de las transmisiones de poderes, locales y, ante todo, la federal. La situación será muy comprometida para el próximo presidente, sea quien sea. Cada candidato tiene que tejer su plataforma de intenciones y ofertas.

Es hora de repetir el ejercicio de aquellos "Compromisos Para la Democracia" que firmaron los pretendientes a la silla presidencial, en 1994 y renovados en 2000. En esta ocasión, los candidatos deben cargar énfasis en su compromiso de prometer extirpar la corrupción y poner fin a impunidad y asumir la responsabilidad correspondiente.

Podremos responder a todos los retos que nos vengan de fuera. En cuanto a las de dentro hay que estar solemnemente conscientes que nuestras posibilidades de rescate están todavía en el profundo socavón que lleva décadas sin que lo hayamos podido cerrar.