Política

Quiero ser rector

julio 16, 2017

En un episodio de la serie de la cadena Fox, The Young Pope, un personaje muy influyente de la Curia es interrogado por el propio Pontífice acerca de las razones por las cuales el cónclave cardenalicio lo eligió, porque ni él lo sabe realmente, a lo cual le responde con proverbial cinismo, como buen político italiano. Es probable que a la actual rectora de la Universidad Veracruzana, Sara Ladrón de Guevara, igual le resulte un misterio cuáles fueron los atributos que se ponderaron por encima de los demás candidatos, que tampoco alentaban el entusiasmo. Porque hubiese sido muy distinto que, en aras de la transparencia y la rendición de cuentas, tan caras a ellos, en su momento Alberto Olvera, Ricardo Corzo y Adalberto Tejeda informaran realmente, más allá de los asépticos comunicados de la Junta de Gobierno, qué virtudes y defectos susurraron al oído.

La actual Junta de Gobierno, como todas las anteriores, encarna una estructura anacrónica que no corresponde a la dinámica actual de la Universidad Veracruzana, sometida a tantas presiones. Exaltada por sus propios integrantes como el summun de la inteligencia universitaria, quienes la conforman no son precisamente los únicos ni los que mejor conocen quién es quién en la institución. Sobre todo los despistados miembros externos, totalmente desconectados del contexto y a quienes se habrá de convencer de los méritos sobredimensionados de los aspirantes. Para eso están los integrantes internos, para cabildear en corto, faltaba más.

Abierto el proceso por la Junta, con todo y su pueril "infografía", diversos miembros de la comunidad universitaria –que seguro han de auto considerarse distinguidísimos– se proyectan hacia el escenario de la sucesión de la rectoría por todo lo que representa la investidura, por lo menos en este contexto: poco o nada.

En cualquier momento inesperado, víctimas del subconsciente. En la etapa REM del sueño. Como epifanía. O en la vigilia, bajo pleno uso de sus facultades, los hombres descubren sus aspiraciones profundas, desean lo insospechado y, lo peor, ambicionan lo que están lejos de merecer. Sin embargo, esto último poco importa cuando se llega a una conclusión: quiero ser rector o rectora.

La figura del rector no deja de estar cargada de tradición y simbolismo, y quien la ostenta suele ser un personaje emblemático, inspirador e, incluso, carismático; todo ello cobijado por el reconocimiento incontrovertible de sus colegas, gracias a su talento y contribuciones. Pero si esta esencia resulta ahora un arcaísmo, en la actualidad el rectorado debiera convertirse en un auténtico liderazgo académico que plasme el espíritu universitario y conduzca los esfuerzos de una comunidad heterogénea hacia una mejora apreciable. Un pase de lista a las fotografías de todos los rectores habidos en la Universidad Veracruzana –anodinos, la mayoría– obligaría a hacer una pregunta: ¿cuáles han sido sus contribuciones sustantivas que no sea la capacidad manifiesta y latente de sus miembros?

Lo que esta universidad ha sido y es, no va más allá de los atributos y limitaciones de quienes, día a día, la construyen con esfuerzos y capacidades dispares. Convocar, alentar y coordinar a un personal que suma 12 mil 268 integrantes entre académicos y administrativos, y casi 85 mil estudiantes de todos los niveles –según fuentes oficiales– supera, por mucho, la auto consagración de quienes, delirantes y atropellados en sus ideas, se suponen suficientemente capaces para catapultarla a niveles impensables; tal y como no lo hicieron los anteriores rectores.

Un grupo visible, activo y echado para adelante es el que encabeza Rosío Córdova Plaza, investigadora del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales. En pasada entrevista, su diagnóstico, por llamarlo de algún modo, resulta impreciso, parcial y sesgado; y más bien parece un reproche por no haber sido reconocida a tiempo por la rectora Sara Ladrón de Guevara, luego de organizar el heroico Colectivo en Defensa de la Universidad Veracruzana. Esta universidad que dicen defender es la misma que hoy buscan rescatar de la ineptitud de la actual rectora a quien, otrora, secundaron.

Si en un descuido llegaran a ascender a las Lomas del Estadio, convencidos de la trascendencia de su proyecto, entonces en la más pura alcurnia académica –como el Círculo de Bloomsbury, de Cambridge– se celebraría la llegada del círculo intelectual de La Pitaya repartiéndose secretarías, direcciones y puestos a discreción, agradeciéndolo a la "madre tierra". Ah, pero eso sí, con un enfoque complejo y organizacional, para que a Rosío Córdova y a tantos otros ya no les cueste sangre, sudor y lágrimas bajar cinco pesos [sic] para sus mega proyectos; y para que una élite académica, con mucho talento, con mucha materia gris, plagada de SNI´s, no se vaya de la UV, quién sabe a dónde. ¿En verdad se siente capaz de hablar del perfil y desempeño real de los 728 investigadores y de los 4,105 docentes de esta universidad, o solo se vanagloria al contemplarse en el espejo?

Jamás aceptará que detrás de esos arrebatos se esconde una mal disimulada codicia por la investidura en sí; aunque anticipe, en forma por demás inverosímil, que no existe protagonismo ni se trata de un proyecto personal, seguro porque en sus pretensiones atrae a un círculo de incondicionales suficientemente versados en navegar en las aguas tranquilas de la Universidad Veracruzana. Aunque también podrían pensar la rectoría como un cuadro alegórico de El Bosco: "El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede".

Malacostumbrados que estaban los universitarios a que desde la oficina del palacio de gobierno se enviara al rector como si fuese cualquier funcionario de despacho, que ahora se malacostumbrarán a que una casta de privilegiados asuma la ingrata labor de elegir a candidatos inelegibles. La Junta de Gobierno, figura creada a partir de la autonomía concedida desde las alturas del poder estatal, nos deleitó con el primer rector autónomo, Víctor Arredondo, enviado desde el altiplano a competir con nadie por la rectoría, si se recuerda que en aquel momento el aspirante local fue nada menos que Octavio Ochoa, hoy escolta imperturbable del séquito de Sara Ladrón de Guevara.

Dos períodos no le fueron suficientes a Víctor Arredondo para hacer negocios y vender la idea de una universidad de ficción, cuyo lenguaje tecnocrático y estandarizado –visión, misión, sinergia, distribución social del conocimiento– y modelos educativos mal diseñados y peor implementados contaminaron a las sucesivas administraciones que los reprodujeron de manera irreflexiva, lo que derivó en el predominio agobiante de la administración sobre la academia, gestionada por jefesotes y jefecitos anclados a la burocracia. Por eso, para quienes se volvieron habilidosos en traducir las claves para ir tras la zanahoria y escalar peldaños, hoy en día moverse en los formatos y procedimientos académico-administrativos de la universidad debe resultar un verdadero tormento.

Imaginar y proponer un mecanismo de elección de rector que no sea atributo exclusivo de este cuerpo colegiado, inmediatamente se calificaría de populista por quienes acostumbran pontificar con superlativos. Pero entre la masificación del proceso o su encriptada operación al interior de una oligarquía, lo cierto es que los consensos y disensos respecto a los perfiles y trayectorias de los aspirantes no pueden ser debidamente procesados por los nueve ilustres de la Junta de Gobierno. Politizar la elección ya es inevitable por lo que está en juego, y no se trata de polemizar si cualquier criterio adoptado tenga que ver o no con principios democráticos, si ésta fuese la condición a descartar. Lo cierto es que se está lejos de garantizar la selección y elección de un rector a la altura de las circunstancias, sin correr el riesgo de pronunciarse por un grupo de impostores y charlatanes. Como suele ocurrir.