Política

La misma receta da los mismos resultados

julio 14, 2017

En los últimos 10 años a raíz de la declaración de guerra de Felipe Calderón al crimen organizado, en el país se han registrado alrededor de 200 mil homicidios en una espiral ascendente en la que los encargados de cumplir las órdenes de ejecución no respetan edades ni consideraciones sociales de las víctimas; tan sólo se recuerda el asesinato de una familia completa el 21 de junio pasado en Coatzacoalcos, en la que niños pequeños recibieron el tiro de gracia, en un fin de semana excesivamente violento en el que fueron ultimados 21 personas en distintos eventos.

Esa forma extrema de violencia comienza ya a afectar severamente el entramado social veracruzano dada su aparente facilidad para expandir sus dinámicas y consecuencias. Los últimos acontecimientos en el estado que en lo que va del año registran un promedio superior a los 220 homicidios dolosos mensuales y no es difícil percatarse que como fenómeno social convencional, no puede enfrentarse con métodos tradicionales, pues su origen no se encuentra en las pandillas delincuenciales juveniles, los ladrones de domicilios o asaltantes callejeros.

La violencia que se vive en el país y la entidad tiene múltiples orígenes pero la promovida y practicada por los cárteles ha venido a convertirse en una especie de cultura que se autoalimenta y promueve incluso una forma de vida que suele resultar atractiva –o en otros casos asumida de manera forzada cuando el reclutamiento de nuevos cuadros se da por vía de la fuerza y la amenaza– para las centenas de miles de jóvenes sin posibilidades de acceder a la educación o un empleo remunerado.

La razón de la violencia extrema de los grupos delincuenciales forma parte de esa cultura de la muerte que busca generar un ambiente de miedo y activar el sentimiento de indefensión que paraliza a la sociedad entera, y cae en terreno fértil cuando aprovecha el hacinamiento, desempleo, deterioro social por la desigualdad y la pobreza, donde hay condiciones idóneas para el desarrollo de conductas agresivas. Mantener las desigualdades resulta también conveniente para retroalimentar aquella forma cultural que crea sus propios espacios sociales y por desgracia, se infiltra en el propio seno familiar.

El problema es mayúsculo porque junto con Guerrero, Jalisco, Guanajuato, Edomex, Michoacan y Sinaloa, la ola de violencia coloca a Veracruz en ese indeseable club de las entidades con mayores índices delictivos y acrecienta el reclamo social por buscar nuevas formas de confrontarla cuando es sabido que con las recetas tradicionales no se obtienen resultados distintos.