Política

Lo que le pasó a Neptolio

mayo 29, 2017

Esto dijo Danielito, comentando con Antero: por andar en la parranda y en el medio del atraco, Neptolio ya perdió la vida y perdió su clarinete. Lo que le pasó a Neptolio es cosa que me entristece. Y es que Neptolio se perdía entre el clarinete, el alcohol y sus pensamientos alucinados sobre la ciencia y sus consecuencias. Pues, según presumía, había estudiado física, matemáticas y quién sabe qué más, aunque nunca mostró a nadie constancia de que los hubiese realizado.

Eso sí, tenía una buena capacidad de análisis acerca de distintos tipos de fenómenos: físicos, biológicos y hasta sociales; lo cual sólo agregaba más peso a su continuada tristeza. La última vez que fue visto en una banca del parque, horas antes del asalto, estaba comentando ante su involuntario público que recién había visto la película El Pianista. Filme que muestra la forma en que la comunidad judía en Varsovia era tratada por los nazis en tiempos de Hitler: los traslados constantes de grupos de judíos de un lugar a otro, desde los guetos hasta ir a parar a los campos de concentración y las cámaras de gas. Así como la cruel discrecionalidad con que los miembros de la Gestapo asesinaban a quien querían.

Decía Neptolio que si se veían las cosas de frente y sin velos nos daríamos cuenta que vivimos en un estado como el retratado en la película: grandes sectores de la población son obligados a desplazarse, a abandonar los lugares que habitan, ya sea por necesidad obligada –la migración en busca de una mejor forma de vida- o por imposición de quienes detentan el poder –desplazamientos forzados por la intención de multinacionales de establecer minas, hidroeléctricas, sembradíos de cultivos transgénicos, etc. Y a quien se opone o se resiste, se le elimina con la misma discrecionalidad que hacían los nazis con los judíos.

Qué podrían decir los sefarditas lúdicos acerca de los colibríes que pelean por chupar el agua enmielada contenida en el bebedero; miel de amores difíciles, como los que alguna vez tuvo Neptolio, y por eso la melancolía de las notas que hacía brotar del clarinete. Clarinete de vida en medio de la atrocidad totalitaria, que todo lo aplaca con violencia, ya sea ésta física, psicológica o social.

Neptolio se perdió en el laberinto de la vida consumista impuesta por el neoliberalismo, como yo. Realmente no sé el qué, ni el por qué y ni siquiera el cómo, pero sigo el camino casi sonámbulo, al igual que la multitud que en ordenada formación pasa a mi lado, sin importarle hacia dónde se dirige, la atención fija en sus dispositivos móviles, y los dedos pulgares presionando compulsivamente las teclas del artefacto, desentendida del laberinto para sumergirse en otro de silicón, virtual, donde pueden crearse personalidades al antojo sin arriesgar nada, excepto el robo de la virtual identidad: nada a cambio de nada, pues en realidad los bits que por ese laberinto circulan en su mayor parte son solamente un ruido adormecedor, ruido blanco, sin sentido, según la teoría matemática de la información que ya casi nadie recuerda ni conoce. ¿Y qué? Si ya muertos los sueños, repicamos desde nuestras jaulas de latón barato. Tanta gente saltando hacia ninguna parte, sin objeto, sólo porque el vecino salta, tanto cordero llevado al matadero y tanto domingo de resurrección.

En cualquier punto del laberinto, y cuando más cogido de los huevos me tienen, busco la ventana virtual por donde se ve más lejos y me quedó ahí, con la nariz aplastada contra la pantalla led esperando siempre unos pájaros que nadie ha visto pero sé que existen, porque acuden a mi ventana en tiempos de penuria alegrándome el día con su canto llamándome con su picoteo sobre el cristal de la ventana, sé que existen pero ya no vienen.

Es así como a fuerza de ejercitar el oído, a falta de GPS, se va conformando en mis redes neuronales una imagen, un mapa, una geografía de la voz, pues son voces las que escucho poetizando la vida en el laberinto: Caminamos a lomo de la esperanza. La libertad y el derecho nos asisten. Y con nuestro conocimiento, asistimos a nuestro pueblo. Son voces de mujeres y quiero creer que son las voces queridas de las mujeres que alguna vez dijeron amarme, mujeres que posiblemente solamente existieron en mi imaginación en el caótico amanecer del mundo. No nos asusta la modernidad, dicen en un susurro colectivo que recorre el laberinto como un zumbar de abejas, abejas reinas todas ellas. No nos asusta la modernidad, repiten quedamente, pero los celulares, la moda de zapatos y vestidos no va con nosotras porque tenemos otras necesidades y vivimos otras geografías, donde el barro y el trabajo nos hacen resistentes, cuántas cosas hay que no necesitamos, sin embargo, a veces las compramos pero su utilidad es muy otra. Ni la ropa, ni los zapatos, celulares, ni todas las cosas que usamos como la tecnología toda, cambiará nuestra idea y costumbre de vivir. Sólo un poco aquí.

Y en este caminar recursivo te das cuenta que en el mundo que se despeña al abismo, fuera del laberinto, mil 500 personas con billetes de primera clase han alcanzado los botes, en tanto 4 mil 500 millones se están ahogando, pero ese no es el problema –para muchos hay gente en las barcas que debería estar nadando. El problema que no ven es que el que se hunde es el planeta.

Recórtame, amor, un cielo para todo esto, más allá de la espiral confundida y la ausencia, porque poca poesía hay en los charcos de las calles y en los mendigos más mendigos del mundo.

Dijo Lucho Rentería, contándole a Salamanca: pero Neptolio no ha muerto, muchachos, pues yo lo he visto tocando su clarinete. Neptolio no ha muerto, muchachos, sigue vivito y coleando…n