Política

Día del Trabajo

mayo 02, 2017

Sin importar la patente que los cobijó para llegar al poder, los gobiernos mexicanos son incapaces de modificar los reflejos que les impulsa a mostrarse como benevolentes patrocinadores de movimientos y bases sociales. Insisten organizarse escenificaciones de alianza entre pueblo y gobierno o, más precisamente, entre sindicatos de trabajadores y gobierno. Como si los acuerdos corporativos no hubieran sido disueltos desde hace más de 30 años cuando empezó la ofensiva en su contra y en contra de los sindicatos que daban cuerpo y contenidos a tales acuerdos corporativos.

Hubo tiempos en el esplendor de la revolución institucionalizada que en el día de trabajo que recordaba las luchas obreras del siglo XIX, específicamente la matanza de obreros de Chicago en 1886, el movimiento obrero salía a las calles a agradecer la benevolencia gubernamental.

Alianza la llamaban. Alianza del gobierno y el pueblo trabajador, adornaban.

Instrumentos de coacción, control y corrupción funcionaban perfectamente. Los descontentos eran sofocados y su ocasional visibilidad desaparecía en la marejada abrumadora de la propaganda gubernamental. O físicamente, cuando lo primero no era suficiente.

En los 80 el impulso al capital financiero y el ataque sincronizado al estado de bienestar cambiaron las reglas del juego. La racionalidad que implicaba algunos beneficios para los gobernados trabajadores se desvaneció a favor de consideraciones globalizadoras. Se movieron capitales e infraestructuras; dos crisis financieras mundiales crearon inmensas poblaciones de trabajadores con empleos precarios o crónicamente desempleados. La pobreza y la miseria se dispararon hasta afectar a más de la mitad de la población del país. Con todo, entre sindicalismos oficiales incapaces de defender el concepto mismo del trabajo definido en la Constitución del 17 y la frustración de una realidad adversa que empeora el descontento de los asalariados se percibe poco en los medios de comunicación. No así en las limitadas conversaciones cotidianas entre familiares, amigos y conocidos.

Pero el enojado hartazgo de un gobierno federal probadamente corrupto y la corrupción generalizada que ha permitido aberraciones repetidas como las de Roberto Borge, César Duarte o Javier Duarte colman la sorprendente paciencia de los trabajadores. Así, el boato de las celebraciones se tornó en una chocante mezcla desfile conmemorativo y airados reclamos por las políticas gubernamentales que tienen a los trabajadores en el borde de la pobreza y en la incertidumbre de la fuente de empleo.

Son tiempos precarios de equilibrios aún más precarios, la presencia del crimen organizado por un lado quita presión al descontento pero lo exacerba por el otro. Los gobiernos parecen incapaces de pergeñar cualquier cosa distinta a lo que le es dictado desde los organismos económicos multilaterales. Especialmente OCDE y FMI.

Por vía de mientras, el descontento tímidamente sube al escenario.