Política

Eduardo Mendoza

abril 24, 2017

Lo único que nos queda para enseñar moralidad son las novelas de crímenes y detectives, escribió Gilbert Keith Chesterton, en Cómo escribir relatos policiacos. Chesterton confesaba su vicio de leer novelas detectivescas de folletín con valor de unas pocas monedas. Comparto su vicio por la novela barata de detectives. Son los únicos libros que compro, leo y desecho; el resto los conservo.

Cuando me enteré que el español Eduardo Mendoza ha sido galardonado con el premio Cervantes, lo primero que me vino a la cabeza fue el muy particular detective que Mendoza creó en una de sus novelas. De él y de ella hablaré al final. Otro autor como Chesterton, que ha teorizado sobre el género policiaco, es el novelista español Andreu Martín. En España publicó Cómo escribo novela policiaca (Barcelona, 2014) y en ese texto suyo tuvo la gentileza de mencionar mi libro de cuentos publicados bajo el nombre de Uno nunca sabe (Xalapa, 2011), y los describió como 46 "historias crueles, llenas de desamparo, de violencia física y simbólica". El de Chesterton y el de Andreu Martin son dos de los escasos manuales que conozco para abordar la redacción literaria de lo policiaco y lo detectivesco.

Hay más detectives que teóricos del tema. Los hay clásicos con nombre: Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Arsenio Dupin. Hay detectives heterodoxos como el que crearon Borges y Bioy Casares en don Isidro Parodi, que despacha sus casos perfectamente preso en la penitenciaría a donde van a consultarle sus clientes. En México es famoso el detective Héctor Belascoarán Shayne, de Paco Taibo. De Belascoarán han actuado películas Pedro Armendáriz Jr., primero, y Sergio Goyri después. Hay obra mexicana policiaca de parte de Paco Taibo, Elvira Bermúdez y Ana María Maqueo. Maqueo menciona al SNTE como personaje literario en su novela policiaca ambientada en Veracruz titulada Amelia Palomino, donde Amelia conoce a Adolfo López Mateos en un baile magisterial.

Otro detective es José Carvalho, del también español Manuel Vázquez Montalbán. La diferencia entre Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza es el humor. Vázquez Montalbán es denso, lento, serio, vale decir, ortodoxo, a la manera de Ellery Queen o Dixon Carr. Por cierto que su detective, Carvalho, enciende su calentador y su estufa con páginas de libros que ya ha leído (de Carlos Fuentes, de Lorca, de Flaubert, etc.)

Lo más característico de la obra del laureado Eduardo Mendoza es su sentido del humor. Hace parodia hilarante de la novela policiaca y de detectives... pero de una manera muy seria. Mendoza es mezcla, si me permiten el símil, y aceptando que las comparaciones son odiosas, de nuestros Jorge Ibargüengoitia y Marco A. Almazán. No se me ocurren otros. El primer libro suyo que leí fue La verdad sobre el caso Savolta. Algún tiempo después El misterio de la cripta embrujada. Psteriormente El laberinto de las aceitunas. En ésta, el detective busca llegar a Barcelona y necesita ubicar los cuatro puntos cardinales, o al menos tres, bromea, porque anda urgido de llegar. Más tarde he leído Aventuras de un tocador de señoras, quizá la novela más hilarante, en la que desde una peluquería en la que trabaja se le implica al detective en un asesinato. La peluquería es unisex pero ante la escasez de clientela atienden a hombres y mujeres; una mujer pide que le pinte de rubio el husky, él acepta muy complacido pero rechaza cuando se aclara que de lo que se trata es de teñir a un perro.

El detective de Eduardo Mendoza, literalmente, no tiene nombre, como no lo tienen los personajes de Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, cuya mención viene al caso aquí por ese único hecho. Narra el detective en primera persona, y cuando se le pregunta su nombre da el apellido (Sugrañes) del director del manicomio de donde lo sacan para embarcarse a la aventura en curso. El detective anónimo de Eduardo Mendoza comparte un gusto con el detective Beloascoarán de Taibo: les gusta enormemente beber Pepsi-cola; comparte, temporalmente, con el detective Parodi, de Borges, una profesión: la de peluquero.

Últimamente tuve en mis manos y leí El asombroso viaje de Pomponio Flato. Aquí Mendoza saca a su detective de Barcelona y los tiempos modernos y lo lleva a Palestina en el principio del siglo I de la era cristiana. Note el lector el nombre del personaje que da título a la novela, Pomponio Flato, y no es difícil que el paródico nombre le recuerde las creaciones de Ibargüengoitia, de Almazán, e incluso del muy actual Catón. Flato, como se sabe, es un viento intestinal, enfermedad de la que adolece el investigador, y que lo pone en aprietos a cada paso. Viaja a Nazareth acompañando a un representante del gobierno romano. Se entera que han asesinado al rico del pueblo y se acusa a José.

El hijo del carpintero José, el niño de nombre Jesús, le pide que ayude a buscar al culpable porque su padre es inocente. Entonces se embarcan el adulto y el niño, a la manera de Kalimán y Solín, en la aventura de hallar al asesino. Jesús hace investigaciones y excursiones detectivescas por su cuenta. En cierto momento, Pomponio le dice a Jesús que quiere ser como un padre para él y Jesús contesta que no porque que ya tiene un papá real, uno putativo, y que no necesita un tercero. Ésta es la manera en la que Mendoza convierte en detective, o en ayudante de detective, al propio Jesucristo niño, y lo hace el detective más extraño con el que me haya topado y es al que me refería al principio de estos párrafos.

Mendoza se merece más el Cervantes que Bob Dylan el Nobel de Literatura. De hecho, por encima de Dylan han estado Carlos Fuentes o Doctorow o Philip Roth, que es actualmente, creo, el más probable. De Doctorow (1931-2015) contamos, en lo policiaco y detectivesco, con su novela El arca de agua, que puede hallarse en la red. En ella Martin Pemberton camina por el Broadway de 1871 y ve pasar un carruaje melancólico, saturnino, con pasajeros vestidos de negro. Entre ellos, sorprendentemente, y sobre la marcha del vehículo, alcanza a reconocer a su padre, el mismo que ha sido muerto y sepultado recientemente y a cuyo entierro Martin ha asistido. ¿Qué misterio negro hay allí?

En el reciente 20 de abril de 2017, Eduardo Mendoza, nacido en Barcelona en 1943, recibió de manos del rey de España el premio Cervantes que es el premio literario más importante en el idioma español. Qué bueno por él y qué bueno por su excelente sentido del humor. El ministro de Cultura de España, Íñigo Méndez de Vigo, al entregar el premio Cervantes a Mendoza, dijo que es imposible tomar sus libros demasiado en serio, pero que hay algo más grave: la imprudencia de que haya alguien que pueda tomarlos demasiado en broma n