Política

Descarte las luces y sombras de su fuego, ilumine su ego

febrero 06, 2017

A Octavio, Jesús y Olivo

Un señor, bien acompañado de su sombra, tocó a la puerta:

–¿Qué tal como están su yoes?

–¿Quiénes? acerté a preguntar.

–Su yo, su alter ego y su súper ego, preguntó/preguntaron los intrusos que ya habían ocupado la casa.

–A lo cual, con la timidez que me es característica, respondí: sólo soy yo, sólo soy yo. Y él con la boca abierta, gesto que no copió su sombra, dijo ¡ah!, perdón, lo confundí.

–Sí es cierto, respondieron multitudinariamente mis yoes: estamos confundidos, no sabemos quién es quien. Y a coro dije, dijimos, ¡Hola señor y su sombra! Y él, ellos, respondieron en silencio, un silencio que el eco replicó: hola todos ustedes uno. A lo cual, con profundo respeto a la etiqueta que nuestros padres nos enseñaron, respondimos al unísono ¡Hola!, que como olas se replicó en las paredes de la estancia donde no estábamos, en las playas donde imaginábamos estar, en el espacio sideral que en múltiples universos repetía la soledad del nuestro cuarto, con la puerta abierta al destino…

La insistencia del vulgar personaje callejero se convirtió en grosería al golpear la puerta con denuedo creciente: reclamaba a voces que abriera las puertas, las puertas del destino, ante cuya réplica insistimos desde adentro que su duplicidad era inconsecuente, por lo que nuestra esquizofrenia podría admitir sólo uno a la vez; uno a la vez, sólo y ligero: es el ritmo del nacimiento, del descubrimiento y del sol del medio día: uno sólo para un sol solo. Si esta monotonía pudiera ser aceptada por nuestro polifacético y epistémico yo, entonces yo la aceptaría. De otro modo, la negamos. A decir verdad, esa es la polisemia de la ambigüedad creciente en polifonía y ausente de la unicidad de sentido: ¿por qué ante tantas voces, que se puede decir y qué se podrá escuchar? Muy poco, sólo abrir las puertas del destino y atender las voces de los que se nos parecen, las voces de los amigos.

Lo demás son recuerdos esdrújulos de una infancia desconcertada que anuncia los monstruos de la soledad. ¿Sin uno de nosotros, qué puedo esperar? ¿Sin voz, sin vos amigo, que puedo esperar?

–Tocan a la puerta: ¿soy yo mismo? Dudo, luego pienso, luego existo ■