Política

Construcción social

enero 07, 2017

Hace algunos años, cuando dirigía una revista en español dirigida a migrantes mexicanos en Estados Unidos, publiqué un artículo sobre el racismo, redactado por un profesor con un doctorado en Ciencias Sociales o algo así. Todavía tengo memorizada la contundente oración con que inició aquel texto, decía: "El racismo es una construcción social..."

Varios de los académicos colaboradores de la revista refunfuñaban cuando les pedía que escribieran de una manera que pudieran hacerse entender por una persona de quinto de primaria. Exageraba un poco con la intención de bajarlos de su nube de abstracciones.

Días después me llamó un desconocido que dijo estar conduciendo un tráiler en alguna carretera de Texas (el número de mi celular se publicaba en la revista). Dijo ser de un pueblo de Nuevo León, donde había sido albañil, porque apenas había terminado la primaria, y llamaba porque quería felicitarnos por algunos artículos que publicamos sobre educación, que le parecieron excelentes. Después de intercambiar algunas amabilidades, me dijo también que le había gustado mucho el artículo sobre racismo, (al que arriba me refiero), pero que de plano no podía entender qué tenía que ver el racismo con las casas del Infonavit (por aquello de la construcción de casas de interés social). Este fue un incentivo que me animó a continuar con mi necedad de tratar de hacer aterrizar a otros colaboradores que me mandaban textos excesivamente cargados de conceptos propios del submundo académico.

Antes de lo de la revista, publicaba artículos semanales en un periódico local, y puedo admitir que yo tampoco cantaba tan mal las rancheras, aunque de manera un tanto diferente. En una ocasión que me reuní con un político local me di cuenta que su secretaria, presente, era una de mis lectoras regulares. Me extrañó porque ella era nacida en Estados Unidos. Con clara intención de adularme frente a su jefe, se refirió a mí como "el filósofo de los mexicanos en Chicago". Claro que saqué el pecho con orgullo, al tiempo que el político le preguntaba: ¿Y porqué piensas eso? Ella le respondió con toda la candidez del mundo: "¿A poco no lo ha leído? Sus artículos son muy profundos… yo tengo que leerlos varias veces para entenderle algo y aún así..."

Cuando salí, quise convencerme de que el problema no era mi escritura sino el hecho de que ella había aprendido su español de a oídas, no formalmente en una escuela. Después, con el ego más sosegado, reconocí que aquella dama me había dado una gran lección, que todavía tengo presente, aunque a veces no lo parezca. Pero, basta de anécdotas.

En un artículo anterior me referí al distanciamiento que existe entre los académicos y la parte más políticamente activa de los migrantes mexicanos, me quejé de que esto no contribuye al desarrollo político y de la organización de los mexicanos en Estados Unidos, y hablé de la necesidad de crear algunas instituciones que pudieran ayudar a abreviar el proceso de aprendizaje y de maduración política de estos mexicanos.

Para acortar la distancia entre autores y actores se necesita, antes que nada, negociar un vocabulario común, que es precisamente lo que arriba trato de dramatizar. Ya sin esa barrera, podrán verse con mayor claridad los siguientes problemas. Por ejemplo, ¿De qué necesitamos platicar? ¿Dónde? ¿Vienen a nuestro barrio o vamos a sus cubículos universitarios?

Será en otra ocasión cuando le entre a especificar algo del temario que se podría abordar en esa gran conversación; pero aquí puedo informar que, desde el mes pasado, cerca de un centenar de periodistas, activistas y académicos iniciaron una conversación pública encaminada a lanzar una revista digital dirigida a los mexicanos en Estados Unidos.

Esta sería una publicación única en su clase en Estados Unidos (no hay otra revista en español, de alcance nacional, ni mucho menos con los mismos propósitos) con el potencial para convertirse en un instrumento que articulando la acción y el pensamiento colectivo de sus productores y lectores, sirva como vehículo para el desarrollo político y de la organización de los mexicanos en el país vecino. Sería una continuación de la experiencia que tuvo MX Sin Fronteras (2003-2007). Esta fue una revista, impresa, en la que se abordaban los más diversos aspectos de la vida de los mexicanos en EU, en la que se publicaban desde columnas sobre cocina y ajedrez hasta sesudos artículos sobre "constructos" sociales, aunque la mayoría de sus lectores nunca dejaron de apreciarla simplemente como una revista "de política".

Este es un ejemplo de las instituciones a que me he venido refiriendo. Esta revista, además de que producirá material informativo y formativo desde el punto de vista de los intereses de sus lectores, tiene potencial para convertirse en una plataforma que acerque intelectuales y activistas y vincule a ambos con la población mexicana en general, así como en un espacio para articular sus agendas locales y nacionales.

Felicitaciones a todas las personas que están embarcándose en esta aventura porque, en la era Trump, se va a necesitar mucho más que gritos y sombrerazos, aunque también de artículos menos "filosóficos".