Política

Crisis y oportunidad

enero 07, 2017

Si nos atenemos a las observaciones de los reporteros que han cubierto la información del descontento devenido en disturbios y saqueos, hay indicios sobrados para colegir que las acciones contra supermercados y tiendas de conveniencia fueron deliberadamente inducidos. Existen varios reportes en donde la secuencia de los acontecimientos está muy lejos de ser una manifestación de enojo espontánea. Pero una vez establecida, escala rápidamente y atrae con facilidad el oportunismo de quienes ven la ocasión de hacerse del objeto de sus deseos. Las escenas son chocantes, un taxi con un colchón matrimonial, un refrigerador producto del saqueo y la persona que los mantenía en el techo durante el trayecto.

Lo visto en los últimos días deja muy mal el principio de civilidad general en el estado y, con ello, la calidad y naturaleza de la educación pública. Pero sobre todo exhibe inmisericorde el enojo contenido por aquellos a que se les ha despojado de toda posibilidad de aspirar tener tranquilidad de vida y prosperar.

Al deterioro constante durante décadas de los niveles de bienestar y calidad de vida, en Veracruz se han sumado las evidencias del obsceno saqueo hecho por los recientes tres gobiernos estatales y la información de los salarios y privilegios de funcionarios y diputados. El enojo es real y su conversión en ira activa también.

Sin mayor organización y contacto con los dirigentes políticos de oposición, ocupados más en la competencia electoral que en formar capital social y, sobre esa base, capital político, y sobre la base de la frustración acumulada por generaciones, no se necesita de gran cosa para esparcir la manifestación del enojo como catarsis.

Veracruz comparte hoy elementos que en diciembre de 2008 estallaron la crisis social griega. Básicamente la corrupción gubernamental, los costos de ésta y los severos impactos que tuvo sobre la vida cotidiana de los griegos.

Puede decirse que, hoy, el ánimo general de la sociedad veracruzana se define por dos emociones convergentes frente a los que no hay paliativo: el enojo y el miedo.

El remedio se compone de dos factores: un gobierno transparente y total honradez, y el resarcimiento del daño causado por los gobiernos anteriores, cosa complicada excepto en el castigo de los principales responsables.

Pero más allá de la satisfacción del agravio, la sociedad veracruzana tiene frente a sí el imperativo de redefinirse a sí misma. Ha quedado sobradamente probado que el arreglo institucional vigente hace agua por todos lados. Hay demediados hoyos y grietas por donde se filtra a choros la corrupción y se escabullen los responsables.

Se precisa de una reconfiguración muy seria de los acuerdos legitimadores y, con ello, la redefinición institucional.

La tarea es inmensa pero en absoluto imposible. Se precisa para ello de la participación de la inteligencia de la sociedad que en Veracruz no es poca. Capital humano hay, falta convertirlo en capital social. Ya va siendo hora.