Política

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diciembre 02, 2016

Economía y sociedad en el sureste petrolero mexicano

A mis alumnos de Economía mexicana, de Macroeconomía y de Estrategias de negocios

Ante la complejidad e intensidad de los problemas que vive nuestra entidad, cada vez es más necesario encontrar soluciones integradas por un grupo de disciplinas, ya que las tradicionales herramientas conceptuales especializadas son insuficientes por sí solas para comprender las causas que mantienen la pobreza, para estudiar conflictos de grupos étnicos y su relación con el sindicalismo, o para explicar la sociología de los movimientos sindicales ligados a la política regional, el avance o retroceso de la democracia, y la ínfima calidad de la misma. El análisis conceptual se enriquece con las categorías transdisciplinarias que pueden presentar las distintas fases de la realidad como un todo, no seccionada, sino interrelacionada transversalmente por la historia. Tal es el caso de la investigación realizada en Dinámicas sociohistóricas en el sureste petrolero mexicano, Coatzacoalcos y Minatitlán, de Saúl Horacio Moreno Andrade, escrito en el 2006 pero editado en el 2015 por la Universidad Veracruzana. Un libro que ahora puede ser muy útil para comprender el proceso de cambio que sufren la región, el estado y el país, dadas las reformas de la administración peñanietista, inducidas por la ideología neoliberal.

Actualmente, con las reformas, vivimos un cambio no democrático que tendrá consecuencias políticas, económicas, culturales, históricas, legales y más, en la sociedad veracruzana de la segunda década del siglo XXI, que pueden ser muy riesgosas para la paz social al estar infectadas por las condiciones de inseguridad y pobreza que se ahondan en nuestro estado. Estudios objetivos, como el de Moreno Andrade, que muestran el desarrollo histórico de las relaciones sociedad-gobierno, economía-política, estado-región, cultura-política y algunas de sus muchas imbricaciones*, nos permiten tomar distancia crítica de la política oficialista para, desde la gestión del conocimiento, "dar seguimiento a la actuación de los funcionarios mediante rutas de control ciudadano", como propone el autor.

Uno de los varios caminos desde los que pueden abordarse las Dinámicas sociohistóricas es desde la confrontación ideológica del nacionalismo revolucionario y el neoliberalismo, lucha que aunque no se hace explícita en el libro está desde luego presente, abierta para un análisis desde el proceso de la legitimación de la política hasta el cambio del rol económico de los agentes: de la propiedad estatal a la propiedad privada, y aún más, de las distintas posiciones de las empresas nacionales y las transnacionales, que desmienten la teoría smithiana de la competencia perfecta. Por cierto en la metodología de la perspectiva polinivélica que articula el autor en su transdisciplinar estudio, se sustenta la tesis de que la legitimidad parte de abajo hacia arriba: "los candidatos de los partidos políticos no pretenden crear un nuevo mundo, por el contrario, quieren encajar en el mundo construido desde abajo, porque estas bases son las que otorgan el poder, sea por la vía del voto o de la sumisión" (las cursivas son mías).

El objeto de la investigación, la región Coatzacoalcos-Minatitlán ("el circuito", lo llama el autor), va mucho más allá de la interacción urbano-rural: es un encuentro de culturas indígenas (zapoteca, popoluca, nahua) con extranjeras (libanesa, china, inglesa, francesa, alemana) permeadas todas desde luego por la mestiza mexicana (jarocha, tampiqueña, chilanga), "Veracruz no tiene problema alguno en ceder culturalmente derechos de naturalización a los inmigrantes" afirma Saúl Moreno Andrade, como contexto del espectro a analizar: la coexistencia de la producción campesina primaria con la sofisticada producción petroquímica ("la más importante de Latinoamérica"); el escenario de la condición de la mayordomía zapoteca que "salta" a la sindical; la comedia ("simulación" describe el autor) de los presidentes municipales educados en el extranjero con los de sólo educación secundaria; y todo ello aderezado por la re-vivencia de las prácticas machistas "revaloradas" por hombres y mujeres en términos de importancia social y realizadas en el espacio político, donde las fricciones entre zapotecos y jarochos finalmente son apropiadas por unos y otros para así funcionalizar la gobernanza municipal y la dinámica económica de la producción petrolera conducida por la ganancia capitalista en el oscilante México del siglo XX.

¿De dónde nace la fluidez de esa dinámica sociohistórica del sureste petrolero mexicano que se consolida en una compartida cultura comercial (zapoteca) con la de los comerciantes extranjeros (libaneses) como explica Moreno Andrade? ¿Hacia dónde fluye esta experiencia multicultural que forma ingenieros y antropólogos, historiadores y presidentes municipales, líderes sociales y líderes charros? ¿Y la fuente de políticos miméticos que se adaptan a cualquier circunstancia, dónde se genera? Se trata, puedo añadir, de la presentación de un México concentrado, el mismo que Saúl Horacio Moreno estudia y valora como un sistema con varias pistas.

La base industrial petrolera de México, revolucionada por la nacionalización, experimentó un cambio fundamental para nuestro país que lo marcó históricamente: un cambio que se da en muchos terrenos: en la migración interna de la mano de obra no calificada, la de los oaxaqueños y morelenses y chilangos para trabajar en las instalaciones de la nacionalista y pujante empresa Petróleos Mexicanos, el charrito Pemex de los años cincuenta, sesenta y setenta, que los integra a un flujo que había nacido a principios de siglo ocasionando la migración inglesa, empresarial, técnica, calificada. Coatzacoalcos-Minatitlán se tiñe de la oferta laboral que integra a la vez: campesinos sin educación, excelentes ingenieros mexicanos del segundo medio siglo XX, una economía social regional apoyada por los ingresos de Pemex, el sindicalismo y el Estado mexicano paternalista, corporativista y benefactor del siglo XX con todo y sus caciques-líderes y políticos de rancho.

En el 2016 pareciera que todo esto puede cambiar, por lo que el estudio de Moreno Andrade se vuelve fundamental por la riqueza de su investigación documentada, analítica de procesos identitarios, industriales, sindicales y políticos, entrópicos que transdiciplinarmente "acercan la física a la política", como lo señala Moreno Andrade, pero que finalmente han llegado a estructurar mediante el intercambio cultural, comercial, industrial, político a dos mundos con gravitación externa e interna en un contacto histórico y cotidiano: Coatzacoalcos-Minatitlán.

Insisto –como lo muestra con gran claridad Saúl Horacio Moreno–, las del circuito, generalizadas, son las características propias, personificadas del México del siglo XX que pudo integrar a lo disímbolo en un curso muy particular: el del PRI, el del PRD, el del PAN, el del campesino y el obrero, el del empresario nacionalista y el Estado, al lograr unir estos caminos convergentes en una mezcla particularísima de ideologías, perspectivas, culturas, idearios, prácticas: la región, el circuito Coatza-Mina como muestra de un país, de una nación en gestación tardía. La que ahora parece que se desmorona.

* PS. En contraste con este comentario –y como crítica personal al método etnográfico– apunto que el mismo retrata sin perspectiva, sin reflexión –o sin densidad, como diría Gertz– los mundos de Coatzacoalcos y Minatitlán, un universo riquísimo como el mismo autor lo muestra, imposible de aprehender en cifras, ni tampoco en un cuestionario bien formulado, pero que ofrece una muy limitada noción de los temas investigados, ya que estos no pueden reducirse a la percepción de los encuestados porque están necesariamente limitados por la circunstancia política y por el propio encuestador, así como por la contradictoria percepción de una dinámica histórica que la encuesta paraliza. Claro, es necesario dar voz a los ciudadanos que viven en el espacio estudiado, obtener su perspectiva para hacerla pública, para no sólo opinar desde la comodidad del cubículo, y en este sentido la antropología tiene mucho que enseñarnos. Es necesario conocer la percepción y la opinión de los afectados, y las hipótesis construidas académicamente deben ser validadas con la confrontación de los mismos actores sociales, ¿cómo hacerlo, sin obtener una información muy sesgada por las circunstancias de la investigación?