Política

Redundancia

noviembre 22, 2016

En tus pupilas redundan el sol, las estrellas, las lejanas galaxias, el amor de las hormigas, la increíble fotosíntesis, los autos que circulan por las calles, vaya, el universo entero, incluyendo a esa hermosa niña que con su sencilla vestimenta y sus humildes huarachitos corre sonriendo con alegría por las calles empedradas del olvidado pueblo. Calles que también redundan en tu mirada y en mi memoria.

Penetro, sin comprenderlos, en los secretos más profundos de la existencia cuando me incluyes en la redundancia de tus luminosas pupilas: Cástor y Pólux, gemelos brillantes que por siempre acompañan y orientan mis alucinadas errancias por la imaginación, donde me he encontrado con las sirenas que intentaron engañar a Ulises y con el hombre que vendía gelatinas a las puertas de un supermercado de lujo.

–No te engañes Mané –me advierte el camarada Tomás, mi nahual felino, mientras con cierto desdén se desliza a mi lado. No existe más redundancia –ronronea el gran gato negro– que la de los sentidos: el sonido, que percibes por el oído, de las hojas de los árboles agitadas por la brisa, redunda en el vaivén de las verdes ramas, que ahora observan tus ojos.

Sin hacer caso, en tu memoria redunda aquella sonrisa sin mancha –poderosa, devastadora del mal– de la niña que alegremente brinca y juega con ramas y piedritas, imaginándolas hermosos juguetes, como los que alguna vez ha visto en los iluminados escaparates de las tiendas departamentales. Pero ella se conforma con la sencilla cuerda de plástico que alguien le obsequió y con la que gusta brincar hasta el cansancio, disfrutando y sonriendo. Inocente juego que algún envidioso de su sencilla y deslumbrante alegría cortó en pedazos, solamente porque creía que nadie tenía derecho a ser más feliz que él, que disfrutaba de trenes eléctricos, soldaditos de plástico, carritos, pelotas y de cuanto juguete deseaba. Fue un niño rico quien trozó la cuerda mágica, educado en la idea de la superioridad de los ricos sobre los pobres, sobre los que nada tienen más que deslumbrantes alegrías con que enfrentan el no tener; alegrías que posiblemente el niño rico nunca habría de conocer y por eso la envidia y el deseo de pisotear al que nada tiene y que es feliz con casi nada. Y esto nadie te lo contó Mané, fuiste testigo directo del llanto desgarrador de la niña cuando descubrió su cuerda –el único juguete que había poseído– trozada.

Ya nunca fuiste el mismo ni pudiste comprender el sentido de aquello, ni la tristeza, compasión y cierto sentimiento de culpa que te causaba el recordarlo, hasta que muchos años después escuchaste que alguien interrogó al sabio maestro:

–Maestro, ¿por qué está usted convencido que el mundo existe y que no es producto de nuestra imaginación o que sólo se trata del sueño de algún sedicioso demonio?

A lo que el maestro respondió:

–Porque he escuchado el llanto de un niño muriendo de hambre.

Es precisamente ese llanto desgarrador de millones de niños que son despojados de comida y de los pequeños trozos de felicidad a los que tienen derecho, lo que me enferma de conciencia y me sacude compasivamente, con un sentimiento que tal vez sólo pueden comprender quienes han sufrido hambre y otras carencias, rodeados por el esplendor y el lujo en que viven quienes gozan hasta de lo superfluo, con la falsa idea de que lo merecen sin admitir que esa abundancia de pocos es producto de la explotación del trabajo de los millones que se las arreglan para apenas subsistir con las migajas sobrantes del festín de los de arriba.

Mané, con fingida erudición, se dice que la existencia actual es una locura, y que la causa original de esta locura ha sido el olvido de que el objetivo de la vida humana es la dicha y la felicidad, y que se inventó aquello de que ganarás el pan con el sudor de tu frente solamente para que unos trabajen y otros que no sudan se coman el pan de todos. Y que para acentuar esa locura se nos ha conducido a la Torre de Babel mediante los usos de las técnicas de la información y comunicación, en particular a través de las redes sociales, donde todos hablamos al mismo tiempo en una multitud de lenguajes y creamos un ruidoso torbellino de palabras vacías de contenido que conducen a la incomunicación, aislándonos bajo la ilusión de que esta clase de intercambio nos hace ser miembros de una "comunidad". Cada ser humano se reduce a su cuenta de Facebook o Twitter: ¿Cuál es tu feis?

Así, a quienes ejercen el poder real en el mundo y se apoderan de la riqueza producida por todos, les interesa mantenernos en este sopor estupidizante, para que sigamos pedaleando dentro de las cajas de Skinner en que se han convertido escuelas, centros de trabajo y los lugares para la diversión y esparcimiento. Todo con el fin de que alegremente sigamos produciendo riqueza para ellos, a cambio de las croquetas que nos lanzan cada vez que realizamos la tarea indicada; condicionamiento operante le llaman los conductistas. En consecuencia, los centros educativos de todos los niveles, particularmente los de educación superior –donde se concentra lo más selecto de la intelectualidad, el grupo poseedor de los conocimientos para comprender la realidad y transformarla para el bien de todos– se han convertido en centros de adoctrinamiento para aceptar con aplausos la sumisión y la explotación de que somos objeto, convirtiendo la academia en una cortesana complaciente hacia los poderosos. Por tanto, ya es difícil encontrar la verdad en los recintos académicos y ahora hay que buscarla en los barrios y comunidades hundidos en la miseria, donde la vida se abre paso a duras penas, buscarla en la mirada y la sonrisa de los niños siempre con hambre, niños que no conocen otro horizonte que el malvivir de su barrio o pueblo; y también en el llanto amargo de las mujeres que lloran por sus seres queridos muertos o desaparecidos, triturados entre los engranajes de esta máquina infernal conocida como neoliberalismo.

Atestiguamos cómo el planeta se viene abajo por la descomunal e irrefrenable depredación y destrucción del medio ambiente –introduciendo tecnologías de alto riesgo como el fracking– provocado por la inhumana dinámica de la reproducción y acumulación de capital, que se impone sobre el bienestar humano.

No hay otra alternativa que –con el sudor de nuestra alquimia, ebrios de tarde y borrachos de andar– echemos a la suerte nuestra vida en el calor de la tinta, con signos inocentes. También, necesario es descifrar con lujuria las ecuaciones de la luna decimal.

Si creen que divago, pregunten a cualquier borracho por las razones de Júpiter y atiendan con cuidado su vociferante respuesta. De lo más perdido de la conciencia saldrá la luz que alumbrará nuestro paso sobre el abismo. A éste me he acercado sin atreverme a mirar su profundidad. Me hago pendejo caminando por la orilla, de aquí para allá; he ido y he venido buscando el son que acompañe mi canción siniestra –a la manera de Ducasse– con la rima del vuelo de los halcones de caza.

Los invito a que contemplen el desastre ya presente, y que intenten comprenderme cuando sin siquiera pensarlo, con fórmulas de miel, exhiba públicamente el secreto del átomo primordial. Prometo ayudarlos a comprender los vaivenes del poema negro inspirado en esta vida triturada por la inhumanidad del capitalismo.

Sin quererlo, ya sin voluntad alguna, en la cuadrícula del mal dibujaré al revés la flor de la esperanza.

Y aquí, en esta patria menos grande que un caballo, verteré la sombra para ahogar la risa, y hundiré la palabra en la blancura ardiente para atrapar un amor más pequeño que una hormiga. Abrazaré la tinta infame que escurre de la huella incandescente de un cometa. Escribiré con ella, para ustedes, algunas cosas en las que nunca he pensado.

Sólo digo que lo haré...

En tanto, me refugio en la redundancia de tus relucientes pupilas en donde afanosamente busco alguna respuesta. Tu amorosa mirada hace que de mi memoria brote una olvidada canción:

He empezado asumir/ Que la vida nos cambia porque si / Bajo al infierno a buscar / Y subo de nuevo para reflexionar/ Cada uno ama como puede/ Como sabe o como debe/ El tiempo/ nos dirá, si todo fue/ Tan fuerte como para esperar/ Mientras quiero una canción/ Que haga bailar a mi corazón/ Nada de ti se borró/ Lo tengo aquí dentro/ La vida es corta, cortada a trozos/ Tenemos la vida, formando un esposo/ Amamos con miedo, no, no tienes salida/ Nos tienen rodeados, fieras sin comida…

Me digo, para evitar el pesimismo, que tal vez el amor nos salvará. Pero, ¿cuál amor?, ¿qué clase de amor?, ¿existe el amor, maestro?, ¿qué es el amor en medio de este derrumbe?

–Mira, Mané –replica el maestro–: el sexo sin amor no es nada, pero el amor sin sexo es privilegio solamente de los angelitos descendientes de Luzbel. El hombre sólo se convencerá de ello cuando lo viva. En tanto, vivirá engañado o imaginando que puede convivir con sirenas y minotauros sin pedo alguno.

Mientras recuerdas que el nombre de aquella niña era Hermelinda, te diriges al gurú:

–Y eso qué, gran maestro? ¿Qué tienen que ver el amor y el sexo con la pobreza, la desigualdad, la injusticia y los niños que sufren y lloran?

Sin responder, el maestro coloca una de sus chancletas en su cabeza y se aleja parsimoniosamente ■