Política

ECP*

noviembre 22, 2016

Trump y la tradición democrática estadounidense

Al margen de explicaciones sociológicas y del papel que tuvieron las confesiones evangelistas para polarizar la elección norteamericana, lo cierto es que pasó lo inimaginable, se ha dado el triunfo a Trump no obstante que la señora Clinton obtuviera casi dos millones de votos populares sobre éste.

Desde su fundación con la unión de las Trece Colonias, Estados Unidos nunca a elegido directamente al presidente. Lo hace un pequeño grupo de 538 funcionarios de partido constituido, encargados de elegir al presidente: el Colegio Electoral. El voto popular lo que decide es a los electores, no al presidente. Estos electores no están obligados a apoyar a ningún candidato, son libres de votar a favor de cualquier persona que sea elegible. En la mayoría de los casos lo hacen en el sentido del voto popular, pero no necesariamente. Esto será el próximo 19 de diciembre. Si bien es cierto que por costumbre –y por algunas leyes estatales– los electores votan por el candidato que obtuvo el mayor número de sufragios en su estado, la constitución norteamericana permite a los electores votar a cualquiera que reúna las calificaciones legales, pero hay 21 estados en los que tal obligación no existe, más que suficientes para que Trump no sea el próximo presidente.

Analistas norteamericanos afirman que bastan 38 electores republicanos que voten a favor de la señora Clinton para que ella ganara en el colegio electoral, sin considerar aún el hecho de que tenga casi dos millones de votos más que su contrincante.

Los constitucionalistas fundadores de los Estados Unidos lo tenían claro. Uno de los principales redactores de la Constitución estadounidense, Alexander Hamilton, advertía la posibilidad de que alguien no calificado pero con talento para la "baja intriga y las artes demagógicas" pudiera llegar a la oficina. Argumento que dejó, entre otros razonamientos, en una colección de 85 artículos y ensayos escritos por él conocida como Documentos Federalistas.

Para evitarlo, instaba a los electores a estudiar los requisitos del puesto, favorecer el debate y la discusión sobre los asuntos sustantivos, para garantizar elegir sólo a alguien adecuado para ser el comandante en jefe.

Trump perdió en el contexto de la campaña más sucia y desgastante de la historia de ese país. Como demagogo, exacerbó miedos y odios, y será el primer presidente sin haber ocupado antes en su vida algún puesto público. Nunca ha tenido que enfrentarse al escrutinio ni tenido la confianza de la sociedad para cualquier cargo.

Además, buena parte de sus propuestas violan la constitución, en particular la Declaración de Derechos. Ha propuesto el registro religioso forzado, defendido la tortura, violar los tratados internacionales, designado como colaboradores más cercanos a extremistas y fanáticos con antecedentes en violaciones de derechos civiles, atacado la Primera Enmienda, que prohíbe la creación de leyes para establecer o prohibir cualquier religión, avalado la violencia en los comicios y hecho mofa de periodistas por motivos de raza, género y discapacidad, además de amenazar la libertad de prensa con juicios por difamación.

Trump no está familiarizado con los deberes de su cargo o los procesos del gobierno, y es inexperto e impulsivo. Es incapaz de ser comandante en jefe.

La mayoría de los votantes están de acuerdo. Nunca como antes los electores tienen el poder de proteger la Constitución y apoyar la voluntad del popular.

Durante los últimos 240 años, ha habido "electores de conciencia", pero nunca lo suficientes como para cambiar el resultado de una elección. Esta acción sería sin precedentes. Pero Donald Trump no tiene precedentes.

*Es Cosa Pública

leopoldogavitonanson@gmail.com