Política

Intertextos

septiembre 20, 2016

*Una lectura no estrambótica de Freakonomics

Amigos nuestros escuchadlo: que nadie viva con presunción de realeza.

El furor, las disputas, sean olvidadas,

desaparezcan en buena hora sobre la tierra.

También a mí sólo, me decían los que estaban en el juego de pelota:

¿Es posible obrar humanamente? ¿Es posible actuar con discreción?

Todos decían eso, pero nadie dice verdad en la tierra.

Cantos de Cacamatzin

Para Darío Fabián.

¿Cuál es la relación de este poeta del mundo náhuatl con la economía del siglo XXI? Freakonomics tiende un puente entre lo insólito y lo actual. Parece que el mundo de hoy es inescrutable, y para entenderlo lo que debemos hacer es formular las preguntas adecuadas: ¿cómo es posible obrar humanamente? El lado oculto de todas las cosas, el relativo a la economía que vivimos ¿dónde se encuentra? Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner escribieron en 2005 este best seller internacional que debe leerse a destiempo, es decir, después de que fue famoso (Levitt, S. y Dubner, S. (2006) Freakonomics, Barcelona, Ediciones B).

I. Con una mercadotecnia poderosa, este libro fue impulsado por el periodista Dubner, quien primero aplaudió la manera de pensar "extravagante" del economista Levitt y luego, el brillante dúo lanzó al consumidor ávido de novedades, este interesante aunque histriónico conjunto de artículos. El trastorno histriónico de la personalidad lo sufren personas cuyas conductas persiguen ser el foco de atención, y desde luego también puede ser una conducta deliberada cuando se utiliza así para competir en un mundo donde la inteligencia combate todos los días con los más altos IQs, lo que se traduce tanto en la estrategia de venta de este libro como en la estrategia para sobrevivir en Harvard.

En un mundo que no consume sino devora todo, ¿cómo llamar la atención? Pues volviéndose freak, extravagante al extremo, y sobre todo, en un universo donde lo punk es ahora ya provinciano y lo que vende es el sushi con carne al pastor, pues entonces inventemos que los maestros de sumo viven con su madre y que los traficantes de drogas carecen de ella, que el nombre de nuestros hijos deberán ser Quique gavilán y Gaviota, pues de esta manera aspiramos a un estatuto superior, cosa muy común entre los seres humanos; pero esta presunción deberá ser confirmada ya que se trata sólo de una interpretación extremadamente ligera que solté al azar, por lo que –como lo hizo Freakonomics– debería de someterme al rigor metodológico de una investigación tipo del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia (ECLS, en inglés), que se realizó con más de 25 mil niños desde la guardería hasta el quinto curso en los Estados Unidos, donde "los sujetos fueron elegidos por todo el país para representar un amplio y preciso espectro de escolares norteamericanos".

El resultado –dicen los autores del libro que cito– es una base de datos increíblemente rica que, con las preguntas adecuadas, proporciona algunas historias sorprendentes. Y sin duda hay una información extraordinariamente útil que puede ser sometida al análisis de regresión y otras técnicas estadísticas que, al procesar los datos, nos permitan establecer –a los economistas y sociólogos, políticos y mercadólogos– relaciones de causa efecto, efectos de inducción y conducción social, respuestas de rebaño y de independencia, rutas de cooperación y solidaridad, métodos de manipulación en guerras comerciales o religiosas, etcétera; un mundo de posibilidades que se ha ensanchado desde hace 10 años en que este libro fue escrito, y que vuelve de cierta forma espeluznante el control que podría tener un Big Brother con un Big Data, o ridículo frente a una mercadotecnia de primaria, donde Levitt y Dubner analizan millones de datos para encontrar después de estudiar miles de veces que se repite un nombre en el estado de California en USA, que los padres sólo buscan "lo mejor para sus hijos".

Claro, sería ingenuo de mi parte el concluir que el estudio de ECLS fue usado para ese tipo de sandeces, y que Levitt seguro lo ocupó para mejores investigaciones; sólo que así nos venden el best seller (a mí me lo prestaron, gracias mi amigo): lo más ñoño de la investigación que puede interesar a los compradores que hojean el libro para encontrar los nombres de sus críos. Así pues, hemos sido víctimas de la mercadotecnia más agresiva que se libra por atraer no más lectores, sino sólo más compradores; de la guerra académica que se libra en las prestigiosas universidades para sobresalir del lugar. Esto no quiere decir que no es solamente saludable, sino necesario, formular las preguntas adecuadas, y que estas preguntas deben ser del todo imaginativas, creativas en la presunción de ligas subterráneas entre el fenómeno económico que se estudia y sus posibles complejas causas.

II. En otro orden de ideas hago una reflexión en particular sobre Adam Smith, fundador de la ciencia económica, y en general sobre el pensamiento económico de los anglosajones. El primero es citado en Freakonomics respecto a "que era un filósofo que se esforzaba por ser moralista y en el proceso se convirtió en economista", y dan una interpretación ciertamente superficial (condición que afecta por cierto a casi todo el libro). Al intentar mayor precisión, menciono que Adam Smith fue un filósofo interesado en la moralidad, por lo que escribió en 1759 su Teoría de los sentimientos morales, y más adelante, en 1776, la famosa Riqueza de las naciones. Smith muestra su interés sobre el comportamiento moral de los hombres y "descubre" que no hay ni bien ni mal en la conducta del hombre económico, sino que el recíproco interés de cada uno de los agentes económicos que beneficia a todos (y así aparece la mano invisible, con una reminiscencia teológica). Al preocuparse Smith por el comportamiento moral de los hombres descubre el comportamiento económico, que sería neutro. Al preocuparse Levitt por el comportamiento moral de los hombres muestra una especie de herencia intelectual inglesa, esto es, la conducta de los profesores, de los luchadores de sumo, de los miembros del Ku Klux Klan, de los agentes inmobiliarios, de los traficantes de drogas, de los políticos, de los padres y las madres que tienen pistolas y piscinas.

La preocupación moral está evidentemente atrás de todos los temas aparentemente inconexos que trata el libro (no sé si coincido con Amartia Sen, citado en la introducción) y esa conducta "loca" de los traficantes, o "pura" de los luchadores de sumo, u "objetiva" de los agentes inmobiliarios y de los corredores de bolsa como Enron, está, si no "justificada" por un comportamiento económico que sería universal, sí explicada: la intermediación de un incentivo o premio que determina a ultranza el comportamiento de todos los seres humanos (aunque en apariencia estén muy lejos entre sí). Su comportamiento, implica Levitt, es perfectamente entendible, ya que es racional.

El punto es que para los anglosajones en general (y ya sabemos que las generalizaciones de este tipo no funcionan), la economía se mezcla con la moral, pero sobre todo, que muchos de ellos –Adam Smith incluido, así como los autores– se ven en la necesidad de justificar el comportamiento económico como racional y moralmente neutro, aunque tengan que recurrir a explicaciones extravagantes (o freak), y así pretender explicar el comportamiento altamente inmoral de los accionistas de bolsa que roban o de los agentes inmobiliarios que especulan (aunque obedecen a cálculos matemáticos abstractos), o de cualquier agente capitalista, actual o futuro interesado en su propio bienestar individual: esa es la condición universal de los hombres.

Este no es el lugar adecuado para elucubrar sobre lo que parece ser una tabla de valores antagónica que caracterizaría al pensamiento económico anglosajón, y que Max Weber estudió: la eficiencia como resultado de la libertad (capitalista) y la moral en su sentido de equidad (culpabilista, puritana). En el no naciente pero sí enjundioso capitalismo de la época smithtiana, la eficiencia se multiplicaba no sólo como el valor de crecimiento individual, sino del desarrollo social y nacional, que por sí sola, beneficiaría a todos por igual, unos antes y otros después.

El problema es que el después llega después; el problema es que ambos valores parece que son incompatibles socialmente: la eficiencia individual y la moral colectiva en su sentido de equidad o justica (quizá el actual caso de la República Popular China confirmaría lo contrario). De cualquier forma, como lo muestran los argumentos de Smith, Levitt, Galbraith, Heilbroner: ¿qué es lo que pretenden justificar estos destacados economistas: la pésima distribución de la riqueza en el mundo anglosajón, los negocios criminales del imperialismo financiero de ayer y de hoy? ¿O "sencillamente", el capitalismo? ¿Por qué se sienten culpables los anglosajones de antes y del siglo XXI, tanto, que tienen que recurrir a explicaciones freak, estrambóticas? ¿Cuál fue en realidad el leit motiv de la extraordinaria creación del gran moralista Adam Smith?