Política

De rectorías y priísmo

junio 03, 2016

El registro mínimo de la cultura política priísta admite y exalta la disciplina hasta la ignominia; la paciencia en espera de cualquier recompensa; el silencio como complicidad; la traición como transfuguismo; la demagogia como elocuencia hipnótica; la corrupción como seña de identidad; la incompetencia como único mérito.

Sea como práctica institucionalizada o como acción ciudadana consuetudinaria, el priísmo contamina, se fragua y permite identificar la base social que ha sustentado a este régimen. En medio de este miasma, la llamada clase política priísta resulta un contingente aturdido y babeante que no alcanza a comprender el tamaño del desgobierno y del descontento social. El PRI no es el partido político de mayor antigüedad en la historia, pero ha sido el único que se mantuvo en el poder, de manera ininterrumpida, a lo largo de 71 años y, por desgracia, 15 más de pilón gobernando Veracruz. Este ha sido su dudoso mérito y su estigma; pero también ha sido su ADN y su herencia al sistema político mexicano. Su capacidad de permanencia no es un misterio, pues sus mecanismos de control han sido profusamente estudiados.

Sin embargo, su integralidad hacia el interior, así como sus fisuras, constituyen las dos capas sensibles a través de las cuales se desvela su naturaleza, y en su desnudez se visibilizan sus entusiastas huestes y sus dudosos ideólogos. Finalmente se trata de una afinidad electiva como cualquier otra, y así, cada quién carga con sus malos gustos políticos, porque hasta en la política existe una cierta estética: existen partidos y políticos "feos". Pero cabe considerar, hasta con ingenuidad, que una comunidad como la Universidad Veracruzana, que hace del conocimiento, del pensamiento racional y de la ética sus principios fundantes, debiese permanecer ajena a los arrebatos, mezquindades, ambiciones y disparates que son el sello de la baja calidad democrática prevaleciente. Si así de descompuestas están las cosas, ¿por qué sorprenderse de las recientes declaraciones del ex rector Raúl Arias Lovillo, en su no tan inexplicable apoyo al PRI y a su candidato a la gubernatura, Héctor Yunes Landa? ¿Por qué esperar que Raúl Arias dé muestras de un radicalismo político que jamás tuvo? ¿Por qué dudar que el ex rector tenga la lucidez para diferenciar a Javier Duarte de Héctor Yunes? ¿Por qué buscar la coherencia analítica en sus piruetas verbales rumbo al vacío? De estos y otros asuntos se ocupa el no camarada Jaime Fisher en una colaboración reciente en estas páginas. Si Raúl Arias llegó a leer la misiva sería interesante conocer su reacción. Tal vez se conmovió (poco probable); lo irritó (seguramente); o lo hará rectificar (imposible).

Lo que parece revelador, dejando un poco de lado al personaje aludido, es que en las venas de quienes han sido rectores y secretarios Académicos de la Universidad Veracruzana, casi en todos, fluye la sangre tricolor. Una mínima revisión evidencia la triangulación existente entre el PRI, la función pública y Lomas del Estadio; y por ello, la Universidad Veracruzana ha estado a merced de las redes políticas cuyos intereses en juego han sido capaces de vulnerar los principios de autonomía, y permear a instancias como el vestigio arqueológico que es la Junta de Gobierno y al propio Consejo Universitario. De ahí que el pillaje de los recursos de la Universidad Veracruzana, presentes y pasados, opera por la sutil línea de los acuerdos cupulares entre los gobernadores en turno y los rectores agraciados.

Ante el escenario heredado y enredado, la discreta y mesurada rectora Sara Ladrón de Guevara –tan incómoda como inverosímil en una plaza pública– procedió a orquestar dos manifestaciones de protesta para exigir el pago del adeudo bajo un estilo cursi, escenográfico, carnavalesco y finalmente estéril que despojó de toda irreverencia e indignación legítimas un acto que, dadas las circunstancias, debió ser contundente, abierto y confrontado. Se nota que no se tiene la más remota idea de lo que es apoderarse de la calle y plantear con determinación las demandas a través de discursos elocuentes y consignas ácidas. Apoderarse del templete y ver en él a la plana mayor de la burocracia universitaria y al grupo selecto de oradores: más que alentar, produce pena y güeva ajenas.

Cierto, Raúl Arias no podría sustraerse de estas condiciones. Tanto así que ningún ex rector en vida, ni desde el más allá, han hecho acto de presencia porque la protesta se revertiría o se combinaría. Es necesario que los universitarios –una multitud más que diversa y poco politizada– efectúen un análisis serio de este contexto y su relación con el escenario político estatal; lo que conduciría inevitablemente a la autocrítica y a dejar de pensar a la Universidad Veracruzana como la sacrosanta máxima casa de estudios; y a sus rectores como los emblemáticos, inspiradores e influyentes humanistas que nunca fueron, salvo excepciones. El rescate financiero, pero también político y mental de la Universidad Veracruzana sólo se logrará con el deslinde radical respecto al gobierno del estado, sea cual sea el partido que llegue al poder. Si pese a todo, Raúl Arias ve cumplidas sus nuevas expectativas y logra reposicionarse, se colocará al otro lado, lejos de la inteligencia, la independencia, la dignidad y la capacidad crítica. Pero eso es asunto de él. Los universitarios tienen otras cosas importantes en qué pensar.

escroyer@hotmail.com