Breve homenaje a José Guadalupe Posada
noviembre 01, 2012 | Julio César Martínez

La producción artística de José Guadalupe Posada abarca, casi con exactitud, el mismo periodo que comprende el inicio y fin del porfiriato, es decir, de 1873 a 1913. Durante este tiempo se observa un cambio, quizá paulatino, de la vida económica y política del país. Porfirio Díaz asume el poder como un republicano triunfante y termina como el gran represor del proletariado y enemigo de los indígenas. Una república se caracteriza por construir un gobierno emanado de la voluntad popular y tiene como obligación propiciar un equilibrio social, económico y político entre las diferentes clases sociales. Una tiranía, por el contrario, concentra la riqueza en unas cuantas personas afectando sustancialmente la vida de la mayoría de la sociedad. Para lograr estos cambios, fue necesario que impulsara las reformas estructurales que exigía la burguesía privilegiada y sus socios dueños del capital extranjero, ejemplos: la sobrexplotación petrolera y las redes de ferrocarriles que tenían como única y verdadera función extraer las materias primas producidas por la mano obra de los campesinos y del creciente proletariado. La modernidad y el progreso fueron usufructuados por una élite.

Al igual que Porfirio Díaz, José Guadalupe Posada, tiene un origen humilde; pero a diferencia del dictador, su formación tuvo una línea inversa, porque transitó de lo académico a lo popular. El grabado académico, no solamente privilegia cierta estructura compositiva clásica, sino que también selecciona temas afines al gusto y exaltación de las clases privilegiadas que, en este periodo, fue notable por el «afrancesamiento» de las obras de arte; aunque es prudente observar que una buena parte del grabado académico se convirtió en una actividad con fines convencionales, pues los afiches se pulían con el propósito de promover las mercancías de los grandes centros comerciales como El Palacio de Hierro.

El grabado popular, llamado así por los materiales utilizados, era más afín a los problemas cotidianos que vivía la gente común. Aunque así pareciera, no buscaba, necesariamente, el ornamento ampuloso y amanerado de las imágenes académicas, el grabador popular intentaba y lo conseguía, expresar de manera clara, sencilla y directa el acontecimiento mismo, probablemente aderezado con un poco de humor involuntario propio de las vicisitudes de un pueblo que vivía en la desgracia permanente. Y no era para menos, durante el porfiriato, se desató un proceso de proletarización terrible que despojó a los campesinos de sus tierras y los abandonó a su fuerza de trabajo como único recurso disponible para lograr apenas la sobrevivencia alimentaria.

En las estampas de José Guadalupe Posada, vistas en un orden cronológico, se observa un proceso muy marcado entre las imágenes académicas y las imágenes que narran la vida del pueblo. En estas últimas, sin rechazar lo aprendido en su formación canónica, se aprecia una voluntad guiada por la contundencia de la realidad misma: lo absurdo, lo grotesco, el drama, la tragedia, la pasión, la sátira, el humor negro y la sutileza crítica se entrelazan para dar vida a muchos de sus personajes.

Por su amplio catálogo de imágenes nos podemos percatar que José Guadalupe Posada no fue heredero de los prejuicios de la estética occidental. Es evidente que para él la técnica, académica o popular, debe emplearse según la imagen que se pretende proyectar al espectador; o bien, según el encargo recibido por parte de la persona o personaje. Su obra es amplia y diversa en todos los órdenes temáticos: retratos humorísticos, satíricos, épicos, burlones y burlescos, o fieles al modelo. Por su mirada aguda y crítica pasaron todo tipo de personalidades: políticos, toreros, vendedores de pulque, escritores, actores y actrices, bailarinas y bailares, cirqueros, poetas, críticos de arte, obreros, campesinos, pordioseros, mujeres de la vida galante, ancianas contrahechas, científicos, burgueses avaros, militares y ladrones de toda laya. Asimismo el paisaje natural no queda fuera de su vista, así como también incluye el interior de los talleres de orfebres, zapateros, carpinteros, panaderos, pintores de brocha gorda y de mujeres fabricando puros. Ironiza con los usos y costumbres de la burguesía «afrancesada» y, de igual modo, ejecuta imágenes cuyo fin decorativo es de factura mercantil y proclive al «buen gusto». No escapa a su buril la posibilidad de ridiculizar al clero que «come santo y caga diablo».

Por igual conjugaba, con gran acierto, imágenes y textos con diversos contenidos: del romanticismo a lo cursi, del análisis político a la noticia jocosa, de la postura cómica al humor negro y trágico. Todo lo ilustraba hasta el más mínimo detalle. Ahí tenemos las hojas volantes que iban de mano en mano pregonando los versos extraídos del zodíaco. Primero leemos el título Noviembre tiene 30 días. Después observamos la figura impresa de un Centauro que a la manera napoleónica blande una espada en la mano derecha; porta en la cabeza un sombrero de carrete y lentes de arillo metálico. El personaje se distingue por su cabello ensortijado y su mostacho espeso. Abajo un título alusivo al signo que corresponde al mes de noviembre: Sol en Sagitario. Después un verso: Si lo llegas á encontrar/ Y llevas algún dinero,/ Sácale el cuerpo ligero/ Qué un sablazo te ha de dar. Entre lo sublime y lo grotesco, entre lo amoroso y el pasional asesinato, entre los dulces versos del enamorado y el albur que insiste en descubrir al ser escatológico que todos llevamos dentro, Posada crea y se recrea mil veces más. Así convivía José Guadalupe Posada con sus personajes, fuera un señorito perfumado o un desalmado prófugo de la justicia, porque su objetivo era dejar una estampa nítida y vívida de la realidad. También diseñó sellos, viñetas, imágenes de fantasía, narró terribles asesinatos y actos de brujería.

Toda su obra gráfica, por mínima que fuera, le prodigó reconocimiento y fama, pero no fortuna. Tanto el diseño del juego de mesa Serpientes y Escaleras, hasta las imágenes que describen las luchas obreras que se escenificaron en Río Blanco y Cananea, le permitieron mantener una presencia en todos los ámbitos de la vida social y política durante el porfiriato. Pero a la fecha sus imágenes más famosas han sido las calaveras, especialmente la Calaca Catrina; en este mismo orden de importancia podemos anotar las caricaturas dedicadas a criticar a Porfirio Díaz y su corte de lambiscones, muchas de ellas aparecieron en la prensa revolucionaria de la época como El Hijo del Ahuizote, editado por los hermanos Flores Magón.

La Calavera siempre ha sido, en todas las culturas del mundo, una forma simbólica de representar a la muerte y a los muertos. En México y América Latina podemos decir que existen dos raíces visibles: el arte precolombino y el arte hispano. Entre los nativos del Nuevo Mundo y, especialmente, en Mesoamérica existía el culto a la muerte y a los muertos a través de Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl, dios y diosa de la muerte. Ambas imágenes representan figuras humanas descarnadas que, en posición sedente, muestran de manera abierta su calavera. De ahí que se les conozca hasta la fecha como calaca, huesuda, pelona, ojona, tilica y flaca, entre otros nombres cariñosos.

Recordemos que en México antiguo la calavera-muerte se encontraba labrada en los muros (tzompantli: muro de calaveras), en esculturas monumentales, en joyas de concha marina o metales preciosos, pinturas en códices, sellos y pintaderas. La mayor de las representaciones de la calavera es la escultura monumental Coatlicue (del náhuatl cóatl, serpiente; y cuéitl, falda de serpientes). Diosa de los aztecas, madre de Huizilopochtli (el sol), de la luna y las estrellas. Aunque predomina en su atuendo la serpiente, símbolo de la fertilidad, el centro de su ombligo está ocupado por un enorme cráneo descarnado. Siendo de este modo como la Coatlicue es, al mismo tiempo, diosa de la vida y creadora de inmundicias. Al fin dualidad: vida-muerte.

La otra influencia, de origen europeo, se representa del mismo modo pero primero llegó a través de estampas sueltas que fueron grabadas en xilografía. Esta costumbre, de antigua raigambre europea en la época colonial, está directamente enlazada con ciertas expresiones religiosas de la alta Edad Media, conocida como la Danza de la Muerte o Danza macabra. Aquel contacto habitual con la Parca había acostumbrado a las personas de aquel tiempo a tener a la muerte como algo cotidiano. Es a partir del siglo XIV, a la llegada de varias epidemias de peste negra, cuando dejaron a su paso millones de muertes y, de este modo, se supone que aumentó esa veneración hacia la muerte. Para muchos esa fue la razón de que se popularizan una serie de relatos de contenido macabro que, primero en la literatura y después en el arte, alcanzaron una gran difusión, dejando su huella en manuscritos iluminados, pinturas y piezas escultóricas.

Más cerca de nuestro siglo, también se le llamaron calaveras, a partir del siglo XIX, a los versos jocosos o rimas que denunciaban los abusos de las autoridades porfiristas. Estas calaveras literarias iban casi siempre ilustradas con grabados de expresiones festivas. En la actualidad las calaveras más famosas son aquellas que nos heredó Posada, sin embargo, en este momento resulta pertinente decir que su compañero Manuel Manilla realizó una serie de grabados con esta imagen donde manifiesta una extraordinaria habilidad técnica y un amplio y profundo imaginario que influyó poderosamente en el gran artista hidrocálido.

José Guadalupe Posada Aguilar nació el 2 de febrero de 1852 y fue sepultado el 20 de enero de 1913 en la ciudad de México en una fosa común como si se tratara de un desconocido. Al parecer su obra gráfica estuvo a punto de correr la misma suerte, pero, gracias a Jean Charlot y Diego Rivera, buena parte de sus estampas fueron recuperadas y puestas nuevamente en circulación. Los artistas posrevolucionarios, en su mayoría grabadores y pintores, reunidos en torno a estos magníficos grabados fundaron el Taller de Gráfica Popular (TGP) en 1937. Como bien sabemos, porque resulta imposible que suceda, Posada nunca resucitó, sin embargo, su obra y su influencia permanece hasta la fecha vigente.

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