Inundaciones, carreteras caras, mal hechas y minas depredadoras, penitencias por adelantado

Todos los años en temporada de huracanes se repiten las mismas historias. Colonias populares de reciente construcción son inundadas por el temporal o serie de temporales; el patrimonio de miles se arruina o pierde, la carpeta asfáltica de muchísimas carreteras se arruina, puentes que se derrumban y ciudades que pasan varias semanas bajo el agua porque algún muro de contención se derrumbó, fue rebasado, no se hizo el dragado que se precisaba o maldita la cosa que se hizo a destiempo, o no se hizo o se hizo mal. Miles de veracruzanos afectados en sus vidas y determinados por años porque unos días de lluvia torrencial arrasaron con lo que habían construido y acumulado en la vida.

Se invoca a los misterios de la voluntad divina que por alguna razón desconocida amanece con ánimo punitivo y manda castigos pasados por agua. Se sugiere resignación, paciencia y algún cambio de actitud para evitar las eventualidades del castigo por mal comportamiento. Admoniciones que llevan el doble propósito de inducir a la resignación y al sentimiento culposo que evita el reclamo –y la organización social para reclamar– por algo que es consecuencia de obras mal hechas, imprevisión o simple incompetencia en cualquier nivel de la gama de niveles de gobierno. Todos los años a lo largo del estado son las mismas historias y los mismos cuadros que luego van seguidos por los trámites ante la Federación para abrir la apretada llave de los recursos del Fonden. Gobernados como lo somos por un presidente volátil y vengativo, la ministración de tales recursos suele afectarse por sus ánimos personalísimos.

Adicionalmente a esa singular carga, los veracruzanos padecen también la construcción incómoda y duradera de obras mal hechas que son una suerte de purgatorio democrático en tiempo presente por pecadillos aún no cometidos. Es el caso del bulevar Banderilla-Xalapa, que en cada temporada de lluvia recuerda impertérrito y con innecesaria insistencia la eficiencia del chirinato.

Viene a sumarse ahora el libramiento Perote-Banderilla que, justo a la altura de la Martinica inicia o termina en una laguna. En qué piensa la SCT cuando los 30 kilómetros de los más caros del mundo rematan generosos en un lavado automático de aguas lodosas. El lodo eventualmente puede ser un cosmético apreciado en algunos spa; las aguas lodosas son otra cosa. Los concesionarios, por lo que cobran y por los años de concesión están obligados a arreglar de inmediato el desperfecto, sea con la construcción de una obra hídrica o con un nuevo acceso al libramiento. Mientras eso sucede, lo menos que pueden hacer es reducir a la mitad el precio de uso de sus 30 kilómetros.