Mujeres violentadas por compleja red de prostitución en Orizaba

Desde muy temprano: “ellas son llevadas a los hoteles de paso desde las nueve de la mañana y terminan su trabajo hasta las nueve o diez ¦ Fotover

Orizaba, Ver.- El negocio de la prostitución en la ciudad es regenteada por tres familias. Entre éstas intercambian, castigan, entrenan, e incluso venden como esclavas a mujeres que, en su mayoría, son sometidas al trabajo sexual y que, cuando ellas enferman o “han pasado sus mejores épocas”, las abandonan a su suerte y sin dinero. Por su parte, el ayuntamiento permanece imperturbable y sólo argumenta que las heteras “tienen sus papeles en regla”.

Pero, para el control de las casi 100 mujeres que son exhibidas tal cual mercancía en al menos cuatro hoteles de paso del centro de la ciudad, estas familias hacen uso de padrotes que, a decir de Jairo Guarneros Sosa, integrante de la Red social del trabajo sexual, son quienes las someten a controles estrictos, tanto de tiempo en las relaciones sexuales, como económica: “son los que les quitan el dinero, en pocas palabras”.

Revela que el horario de labor de una trabajadora sexual empieza desde muy temprano: “ellas son llevadas a los hoteles de paso desde las nueve de la mañana y terminan su trabajo hasta las nueve o diez de la noche, es decir jornadas de 12 horas”. En ese tiempo las prostitutas deben sostener el mayor número de relaciones sexuales para poder completar la cuota semanal que les impone el padrote que, “en algunos casos van desde los seis hasta los nueve mil pesos”.

Acusa que la imposición de esa meta económica obliga a que haya muchas trabajadoras sexuales que se esten muriendo de sida, porque aceptan sostener encuentros sexuales sin condón, lo que implica un grave riesgo para la salud de los clientes como de ellas mismas. Hay más reglas a las que se les somete:

“ellas son vigiladas por una persona conocida como La Enganchadora, ella se dedica a cuidar que no se salgan de los hoteles de paso, es decir, que los actos los sostengan en esos lugares, en donde seguramente tienen convenios con los dueños”. Por su parte, cada una de ellas cuenta con un teléfono celular con el que se reportan con el padrote para informarle del inicio del servicio y tienen la obligación de reportarse cuando concluye. El servicio no debe rebasar los 15 minutos.

Para el encuentro sexual hay diferentes tarifas, explica: “por un rato de 15 minutos va desde los 100 hasta 200 pesos; el desnudo total puede llegar a los 250 pesos, aquí es como negocie el cliente; por sostener sexo oral son 100 pesos, lo mismo sucede por posición –sexual–, la tarifa puede llegar hasta los 500 pesos, depende lo que el cliente pida”.

Pero si una de ellas viola los sometimientos y reglas con las que se les controla hay castigos, algunos físicos, otros económicos, y psicológicos:

“Los castigos físicos, obvio, son los golpes. A ellas las desnudan, las cuelgan de las manos y las golpean. Hay otros castigos, si alguna de ellas tiene hijos no les permiten verlos o de plano se las llevan a otros lados. Entre esas familias se hablan por teléfono e intercambian mujeres, por ejemplo, como castigo. Se dicen: ahí te va una de mis muchachas, va castigada porque se portó mal. Hay acuerdos para el intercambio de ellas. En el peor de los casos son vendidas –como esclavas–, y siguen dentro de la misma actividad”.

Los castigos económicos también son severos. Ellas cumplen su meta semanal, pero si les sobra dinero, también se los quitan con el pretexto de la compra de ropa, comida o el hospedaje, el objetivo es dejarlas con el mínimo de dinero para que no huyan. La mayoría de ellas provienen de zonas rurales de los estados de Puebla y Tlaxcala y de algunas regiones de Veracruz.

Para el trabajo sexual “las familias que controlan el negocio entrenan a las muchachas, se las llevan al mercado de La Merced en el Distrito Federal, o a Puebla, en donde las ponen a practicar, y una vez que ya están listas, se las traen a esta zona”.

–¿La crisis económica no les ha reducido su trabajo? –se le plantea.
–A ellas sí, pero no para los padrotes y a los explotadores. Ellos son como una hacienda del estado o como el IMSS, no les importa que no haya dinero, ellos cobran su cuotas y no les importa cómo se consigue. Ese es el trabajo del padrote, explotarlas, reprimirlas y conseguirle los permisos correspondientes. Los padrotes de hoy no son como los pintan en las películas de Tin-Tan, no son los pachucos que cuidaban a sus mujeres cuando eran golpeadas, cuando eran maltratadas por sus clientes, éstos no son capaces de defenderlas cuando hay razias, son profundamente cobardes, son unos parásitos.

Este negocio, en el que desde el papá hasta el tío o la hermana tienen que ver, está a la vista de todos. “A ellas las ves todos los días con ropa diminuta en la salida de los hoteles de paso, los únicos que no lo han querido ver es la autoridad municipal, nos hemos cansado de denunciar esto, pero a ellos también lo único que les interesa es que caiga lana en la tesorería municipal, se les ha dicho y lo único que responden es: tiene permiso para trabajar, con ello se vuelven parte de esta red, son cómplices”.

Los hoteles de paso en las que las trabajadoras sexuales son exhibidas y laboran son Hotel La Central, atrás de la Catedral; casa de huéspedes La Unión, casa de huéspedes La Orizabeña, y el mesón del mercado Melchor Ocampo. La ubicación de estos lugares es estratégica, de hecho se encuentran en un rectángulo no mayor a 500 metros de distancia en pleno centro de la ciudad y apenas cuatro manzanas lo separan con el palacio municipal.

Una de ellas, Sol –como dice llamarse– es una jovencita que su cara refleja una edad no mayor a los 20 años. Relata que su labor en la prostitución empezó desde hace dos años, cuando el padre de su único hijo la abandonó a su suerte. Cautelosa, no revela mayores datos, sólo los esenciales: dice ser originaria de una comunidad cercana a Cosamaloapan, y que ella está en este negocio para mantener a su hijo; no acepta relaciones sexuales sin el uso del condón; en la relación no hay caricias, ni besos, sólo el encuentro sexual y nada más.

El tiempo de la relación no debe ser más de 20 minutos y en un cuarto de uno de los hoteles mencionados. No hay plática con el cliente, ni mucho menos intercambio de número telefónico celular, “sólo a lo que viene”.