Lenin Torres Antonio - jueves, julio 29, 2010
Más libres, menos felices
Opinión

En un primer momento, en un apremio médico, prestar ayuda a las histéricas originó la puesta en escena del sujeto del inconsciente psicoanalítico, lo inédito freudiano, los motivos inconscientes, el otro lenguaje que habla en silencio, que es un silencio ruidoso que usan todos los medios para hacerse escuchar, ya sea a través de enfermar, enloquecer, o ser un genio, o simplemente, vivir la suerte prometeica de la normalidad.

Más allá de todo pronóstico, sus tentáculos epistémicos se extendieron a todo el campo psíquico de la vida humana, hasta aquel que había sido terreno fértil del discurso de los poetas: afectos y pasiones, la vida amorosa.

Es en el terreno del amor, específicamente, en el de la vida amorosa –suelo que se nos hunde, terreno que nos identifica, revelación de su competencia con la cultura, y hasta con Dios, hablando del amor divino, que siempre es un amor prohibido–, lugar por donde abrevará esta intelección.

Aun cuando el propio Sigmund Freud hubiera preferido analizar al amor desde una perspectiva filosófica, incluso teológica, que nos permitiera fundamentar la existencia de Dios (con su poder de transformar a los hombres en hermanos: reino de los cielos, reino de dios), prefirió quedarse en el plano de lo pulsional, de lo terrenal, es decir, en la contribución por sumar teoría a la naturaleza humana, y desvelar lo humano en su condición sexual, aun cuando carezca de demonio de la palabra, reino del in-fante, por eso escribe:

El nombre del amor reúne todos los múltiples componentes de la pulsión sexual… y que antes de alcanzar la pubertad el niño es capaz de la mayoría de las operaciones psíquicas de la vida amorosa (la ternura, la entrega, los celos)… y que largo tiempo antes de la pubertad el niño es un ser completo en el orden del amor. (Sigmund Freud, Obras completas IX, pp. 74 y 117)

Para Freud el amor es el resultado de una fuerza pulsional libidinal, así la libido no es el impulso sexual específico, sino la tendencia a la producción y a la afirmación de sensaciones placenteras, relacionadas con las zonas erógenas, tendencias que se manifiestan desde los primeros instantes de la vida humana. Ahora bien, decir que el amor contiene los componentes de la pulsión sexual, no quiere decir que el amor sea la pulsión sexual; pues sabemos que el impulso sexual es una formación tardía. Por ello, Freud específica que

El amor proviene de la capacidad del yo para satisfacer de manera autoerótica, por la ganancia de un placer de órgano, una parte de sus mociones pulsionales. Es originariamente narcisista, después pasa a los objetos que se incorporaron al yo ampliado, y expresa el intento motor del yo por alcanzar esos objetos en cuanto fuente de placer. (Op. cit., p. 133)

Así el amor se ubica en la esfera del puro vínculo de placer del yo con el objeto amoroso. Los vínculos del amor nos permiten comprender cómo se muestra ambivalente el sujeto, es decir, acompaña mociones de odio hacia el mismo objeto amado. Esta ambivalencia proviene de etapas previas de amor no superadas por completas (como puede ser la identificación con la madre: deseos incestuosos). El amor pugna por evitar la extracción de energía pulsional, y el odio por desatar la libido de objeto. Unión y separación.

Freud sostiene que el avance de la cultura obliga a un sometimiento del amor, amor coartado en su fin que es la satisfacción de lo pulsional, el goce sexual en su crudeza vil, pese a esa imposición de la necesidad de la cultura, sigue siendo sexual en el inconsciente de los sujetos.

Algunas afirmaciones que hizo Freud sirven para intelegir su posición sobre el desarrollo de la civilización, formación del hombre culto y su degradada vida amorosa, aplastamiento de la sexualidad (felicidad), la conclusión de un malestar en la cultura, sin divisar el mundo feliz.

En su trabajo Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912), Freud parte del comentario que hace respecto a que la demanda de análisis es absorbida por la impotencia psíquica, esa pasmosa neurosis que hace de la vida psíquica su lugar común, esta tiene su vértice en una fijación incestuosa que hace fracasar el curso del desarrollo de la libido, y resume la vida psíquica como impotente producto del “desencuentro de la corriente tierna (que proviene de la infancia) y la sensual (que se agrega en la pubertad, cuando se instala el impulso sexual propiamente dicho) en la vida amorosa” (Op. cit. p. 177). Es decir, que el sujeto tiende a tener intensas fijaciones infantiles que se hace acompañar con la barrera del incesto. Esta situación de impotencia psíquica se encuentra más generalizada de lo que se cree.

Podemos leer, en esta exposición freudiana, dos vías que hacen fracasar la vida amorosa: la intensa fijación incestuosa de la infancia y la frustración real de la adolescencia. Este enfrentamiento con la cultura de la vida amorosa conlleva la degradación de los objetos sexuales. En suma, a expensa de reducir la satisfacción plena, la cultura se afianza en sus logros de modernidad.

Anteriormente, en 1910, en su trabajo Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre, Freud se introduce a la Psicología del amor, en particular, a las condiciones que tiene la elección de un objeto amoroso. Análisis que se basa en sujetos neuróticos, sujetos que evidencian rasgos estructurales provenientes por el atravesamiento del infante por el complejo edípico, formaciones que se extienden constitutivamente al sujeto culto, al sujeto adulto, así vemos que las condiciones para la elección de objeto son: que la mujer elegida no sea libre, esto se explica por el atravesamiento del sujeto por el complejo de Edipo y Castración, donde el niño en el segundo tiempo del Edipo desea sustituir al padre, pues quiere tener el poder de restituir el falo a la madre; se establece una rivalidad con el padre. Por eso no es difícil entender cómo un sujeto en la etapa adulta vuelve a revivir esas escenas fantasmáticas, sustituyendo esa relación con una mujer no libre, sustitución de la mujer por la madre, y el marido por el padre. Se pone una contrapartida, por la puesta en escena de parte del sujeto, en cuanto a las condiciones para una elección de un objeto amoroso, por el comportamiento asumido de deseo de fidelidad de la mujer y la necesidad de rescatarla (redimirla). Todas esas condiciones y actitudes obedecen a restos infantiles del complejo materno.

Freud ha hecho justicia a la función sexual, persiguiendo su significatividad para la vida anímica y práctica, aun pese a que continuamos insistiendo en una vida ética a expensas de reconocer la condición de la satisfacción de la libido, para una vida plena y feliz.
Desafortunadamente también nos ha desnudado y ha dejado ver la subrogación de nuestra naturaleza libidinal, nuestro desautorizado deseo de ser feliz. El propio Freud lo denunció: “ya la primera fase cultural, un objeto incestuoso, (es) la más cruel mutilación que haya sufrido la vida amorosa del hombre en el curso del tiempo” (El malestar en la cultura, 1985, p. 47).

Toda la maldición comenzó al proscribir severamente la sexualidad infantil, y después el caudal de tabúes que redujeron al mínimo la energía sexual destinada a la mujer y ocultaron la sensualidad en la sublimación por el trabajo, la cultura vino a ser guardiana y administradora de esa energía pulsional, libidinal, por lo que nos garantizó más libertad, es decir, quitarnos de la esclavitud de los deseos, aun cuando nos hiciera menos felices, desplazamiento que nos situó como única salida, conformarnos con un amor divino: ¡Ama a Dios sobre todas las cosas!



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