Editorial

Exigencia

marzo 26, 2017

A veces parece que los veracruzanos han hecho del horror normalidad y paisaje. La muerte aparece por aquí y por allá con intenso realismo, con toda su brutalidad; sin afeites ni inciensos, sin disimulos, sólo en el espanto de su verdad. Restos óseos de 300 personas por aquí, 200 por allá, 40 en cualquier fecha impensada. El resultado del necio recurso y procaz empecinamiento de un personaje que decidió legitimar su gobierno por la vía del sangrado de una guerra contra las drogas nunca evaluada con rigor, pero que Veracruz y los migrantes de paso han pagado con sangre y terror.

Forma de hacer las cosas que el gobierno de Enrique Peña Nieto no cambió más que "la narrativa", según dijera en su momento el secretario de Gobernación.

En el camino Veracruz se ha visto descarnadamente asociado con la táctica brutal del terror: la masacre. En masa o por goteo, se llenan miles de metros cuadrados con restos humanos y jirones de pertenencias. El gobierno no tiene la capacidad técnica ni de personal para procesar tal cantidad de información. No cuenta con los materiales químicos suficientes para procesar información genética. Y si la tuviera, no necesariamente la aprovecharía porque tampoco cuenta con bases de datos confiables.

A la violencia criminal se suma la violencia asesina contra las mujeres y el odio, también homicida, contra los homosexuales.

Mientras, la intervención de las madres y familiares de los desaparecidos es una constante, incluso internacional, pero el gobierno federal o no se entera, o le importa un carajo, incluso sabiendo las precarias condiciones en la que el priísmo cleptómano dejó al estado. Por eso es tardía la petición de la diputada panista Manterola para "exhortar" al gobierno federal a que ayude a la Fiscalía. Habrá que esperar la hagan sin regateos aunque más que exhortar debiera exigírsele al gobierno federal asuma la responsabilidad que le toca no sólo en los sangrientos tiempos actuales, sino por el sostenimiento y apoyo a una administración infame que rebasa cualquier descripción crítica. Parte sustantiva de la tragedia multidimensional que devora al estado.